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¿Cómo es posible que un país tan grande como la India, con una población que apenas supera los 37 millones de habitantes, extraordinariamente culto, y que dispone de abundantes y riquísimos recursos naturales, se derrumbe de forma tan estrepitosa?
Hace justamente cinco años, otro artículo para nuestra sección Mundo sobre el país austral se titulaba “Argentina pide confianza” (ver El Exportador Digital, nº 26). Cinco años después, podemos preguntarnos: ¿se ha hecho merecedora de esa confianza?
Hoy, encontramos una Argentina que parece iniciar, sí, la recuperación de su economía, pero que, de 1999 a 2002 había descendido a un pozo sin fondo.
Pasada la etapa de depresión, una cierta esperanza se apodera ahora de los argentinos, apoyada en la legitimidad política y la determinación de su presidente, Néstor Kichner.
La recuperación es, desde luego, un hecho. El crecimiento del PIB en un 8,8% en 2003 es de récord mundial, y se ha debido, sobre todo, al impulso de la demanda interna a través del consumo privado y la inversión.
Se han recuperado, en términos reales, los niveles de producción de 1996. El índice de desempleo se ha reducido de forma sustancial.
Otras variables positivas son la inflación, de nivel casi europeo, con un bajísimo 3,7% tras el 41% de 2002; el superávit fiscal primario que alcanzó el 3,04% del PIB y que es consecuencia del incremento de la actividad económica, y el superávit tanto de la balanza comercial como de la cuenta corriente.
Antonio Sánchez Bustamante, consejero económico y comercial de la Embajada de España en Buenos Aires, piensa que hay buenos augurios para el futuro, “que se sustentan en un inédito escenario de consistencia macroeconómica a pesar de que es cierto que la disciplina macro no constituye una vía automática para la resolución de todas las cuestiones pendientes”.
El presidente Kirchner parece perseguir un crecimiento con equidad socialmente sostenible. Se aleja de las tesis más liberales y en cambio defiende un papel más activo del Estado como estimulador de la demanda y supervisor de la reactivación.
La evolución económica ha sido hasta ahora, sin duda, favorable, pero hay quien habla ya de que el despegue se ralentiza. Varios sectores industriales están ya operando por encima del 75% de su capacidad instalada, un nivel considerado de plena utilización. Necesitan, por tanto, un aumento importante de la inversión para seguir creciendo. Pero esta inversión nueva no acaba de llegar.
Hacen falta reformas de tipo estructural, que se están demorando en demasía, o si no, no habrá despegue. Al imprescindible éxito en el proceso de reestructuración de la deuda pública, se unen la necesidad de un nuevo acuerdo con el FMI, el establecimiento de un marco regulador razonable para las empresas de servicios públicos, la reforma de la relación fiscal entre nación y provincias, el refuerzo de la seguridad jurídica y la reforma de los sistemas financiero e impositivo.
Mirada comercial hacia el mundo
En el período de la convertibilidad, Argentina era una de las economías menos abiertas del mundo. Actualmente, y tras la devaluación, la suma de exportaciones e importaciones alcanza el 33% del PIB, una cifra todavía modesta pero muy superior a la de años anteriores.
Tras serios problemas en los últimos años, el Mercosur ha iniciado el proceso de transición hacia un arancel exterior común, que en la actualidad sólo es aplicable en el régimen de automoción.
Por lo que se refiere a los aranceles argentinos, en la actualidad los tipos arancelarios varían entre el 0% y el 27%. Además hay restricciones no arancelarias (ver sección Fiscalidad) y una serie de tasas adicionales.
Las compras argentinas al exterior se están recuperando, habiendo aumentado el pasado año un 54%, tras su desplome en los años precedentes.
Argentina tiene en la UE a su primer socio comercial, si consideramos la suma de su comercio exterior. Los principales proveedores europeos en 2003 están encabezados por Alemania, seguida de Italia, España, Francia y Reino Unido. En el ámbito mundial, Brasil y EEUU se colocan por delante de Alemania a una enorme distancia.
La inversión extranjera, en picado
El mayor problema para que la inversión productiva extranjera vuelva a Argentina lo constituye el alto grado de inseguridad jurídica. Con mencionar que el año récord de inversiones extranjeras en Argentina, 1999, entraron en el país 22.600 millones de dólares, está dicho todo.
Las causas del desplome no pueden ser otras que la suspensión soberana de los pagos y la devaluación seguida de la pesificación; de ahí la importancia que adquieren la adecuada renegociación de la deuda y el acuerdo con las instituciones financieras internacionales, para que se recupere pronto el impulso inversor desde el exterior.
El sector que más inversión ha recibido tradicionalmente desde el exterior ha sido, sin duda, el de infraestructuras, en particular las comunicaciones, que representan casi un tercio del total.
Otro de los destinos de inversión de mayor relevancia es el de hidrocarburos, que recibe un 19% del total, entre las actividades extractivas y las de infraestructura. En la actualidad, los principales servicios públicos se encuentran ya privatizados, por lo que las oportunidades para materializar inversiones podrían venir de la mano de las concesiones. Hay que destacar también el sector automotor.
Finalmente, la minería, la vitivinicultura y el sector hortofrutícola constituyen también sectores de atracción para la inversión extranjera.
Cerca del 33% del capital que recibe Argentina proviene de EEUU, mientras que, aproximadamente, el 44% tiene su origen en la UE, figurando España como líder, con un 26% del total global, seguida de Francia, Italia y el Reino Unido.
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