|
Estación
de Nuevos Ministerios, Madrid. La ciudad ha iniciado hace unas horas
su frenética actividad y los automóviles inundan los
alrededores de la Castellana. Desde los ventanales de la quinta
planta de un edificio cercano se divisan algunos rascacielos del
corazón financiero del país. La luz de la mañana
entra por los cristales e inunda un despacho diáfano. Estamos
en la sede del Grupo SCA Asesores. Una consultora española
de tamaño medio que se ha adentrado en el mercado internacional,
un mundo dominado por las multinacionales. Las respuestas sobre
cómo y por qué la empresa ha aceptado este desafío
están en su historia y en especial en Pedro Montoya quien
en 1997 decide hacerse con el 100% de una firma que, pese a los
cambios en su nombre y en sus participaciones, mantiene un hilo
conductor a lo largo de su vida: sus propios empleados.
|
Pedro
Montoya |
El germen del actual
grupo lo encontramos hace dos décadas, una auténtica
eternidad cuando se habla de la evolución de este tipo de
empresas, con la firma nacional Espacontrol. Es la época
en la que se generalizan los sistemas de trabajo y los métodos
de dirección internacional en nuestro país. Una experiencia
que ha servido a los integrantes de la consultora para su proceso
de internacionalización de nuestros días. En 1987,
la multinacional Deloitte se fusiona con Espacontrol en España
creando una compañía con diversas áreas de
negocio en el sector que en 1990 también entran en el proceso
de fusión entre la multinacional Deloitte Haskin & Sell
y Touch Ross.
Es a mediados de los
noventa cuando Pedro Montoya decide hacerse con la mayoría
de las participaciones de la nueva consultora que ya llevaba unos
años trabajando bajo el nombre de Grupo SCA Asesores. Poco
tiempo después son ya once profesionales procedentes de la
empresa matriz los que se incorporan a un proyecto que en 1997 pasa
a ser en su totalidad propiedad de su actual presidente y posteriormente
será compartido con sus socios.
Grupo SCA se configura
a partir de entonces como una sociedad independiente en la que es
la propia coyuntura de los trabajos a realizar, las necesidades
de la clientela en definitiva, la que marca la evolución
de cada departamento. En el vértice de su estructura se encuentran
los socios a los que les corresponde la totalidad de las acciones.
Hay seis en toda la consultora
y para que se incluya alguno más a este club directivo tiene
que contar con la aprobación de las tres cuartas partes de
los socios. A partir de ese momento, trabajará a tiempo total
exclusivo para la empresa con lo que se fortalece el sentido de
pertenencia a la empresa. Son empleados de la firma y pierden su
condición de accionistas cuando salen de ella. “El
resto del equipo está formado por 80 personas y es una combinación
entre profesionales que llevan 10 o 12 años con la cultura
de nuestra empresa y algunas personas que se incorporan anualmente
para ir compensando el crecimiento”, explica Pedro Montoya.
En cualquier empresa,
la imagen es uno de los valores fundamentales, pero en una asesoría,
el crédito de su capital humano es lo que consigue fidelizar
a la clientela y también conseguir otros nuevos clientes.
En esa construcción de la imagen, Montoya explica que “la
marca no es lo fundamental, lo fundamental son las personas que
la representan”. De tal manera es así que “no
tenemos equipos de marketing ni comerciales. La confianza del cliente
es el pilar que nos sirve para que la gente nos conozca y estamos
muy centrados en el cliente de toda la vida. De hecho, buscamos
no perderles.”
Los servicios
profesionales adaptados a cada entidad son el producto del Grupo
SCA que normalmente trabaja sobre presupuestos cerrados. La compañía
está organizada a través de empresas en función
de sus respectivas áreas de actividades: consultoría
de negocio, recursos humanos, informática, la sección
financiera y corporativa y el departamento que se encarga del outsourcing
o externalización.
En este sentido, los
trabajos del grupo abarcan desde la realización de diagnósticos
de organización y gestión o el diseño e implantación
de estructuras organizativas hasta el desarrollo de sistemas de
formación orientada a resultados o planes de comunicación
interna, pasando por la realización de estudios de valoración
de mercados y planes de negocio o de viabilidad para sus clientes.
Uno de los apartados
que cuenta con un mayor peso dentro de la estructura de la asesoría
es el informático, en el que una parte del equipo se dedica
a realizar productos exclusivos. En concreto, hay 30 personas dedicadas
a Investigación y Desarrollo que crean productos concretos
y orientados al cliente como sistemas de gestión de redes
comerciales, herramientas de análisis, planes de sistemas,
aplicaciones web o sistemas de información para la dirección.
Cambio
de estrategia
Pedro
Montoya recalca la evolución que ha seguido la empresa desde
que en sus orígenes se apuntaran los primeros planteamientos
estratégicos hasta nuestros días, en los que el resultado
ha seguido otros derroteros. Así, en un principio se buscaba
crear “un grupo de empresas especializadas en unos productos
propios que comercializaríamos en España -en algún
momento contamos con oficinas en Madrid, Barcelona, Sevilla y Zaragoza-,
pero nos dimos cuenta de que mercados que cinco años antes
estaban lejos, habían acortado sus distancias gracias a la
tecnología”.
El paso por las multinacionales
de los miembros del equipo ayudó a pensar de un modo global
y el mercado exterior seguía siendo indudablemente atractivo
pero, por otro lado, “no teníamos como fin salir de
España, ni una razón para estar en el mercado hispanoamericano”.
Además, cuando la empresa comenzó su expansión
internacional, con dos oficinas consolidadas en Madrid y Barcelona,
había una carencia importante de técnicos cualificados
con un coste razonable, era el momento del euro, de las grandes
inversiones y de los negocios por Internet.
Sin embargo, después
de realizar un par de visitas a Cuba y a México en 2000,
la empresa constató una serie de oportunidades que ayudaron
a reorientar su línea de negocio y hacerlo internacional:
los análisis esbozaron la posibilidad de encontrar un nicho
de mercado capaz de soportar un gran desarrollo siempre que se tuvieran
los pies en la tierra.
Por una parte, existía
una demanda de servicios que en España se había producido
15 o 20 años antes por lo que la aportación de la
experiencia de los profesionales que ya habían trabajado
con modelos similares supuso una importante ventaja competitiva.
“Es la etapa del concepto de organización empresarial;
para informatizar primero hay que organizar, de otra forma se informatiza
una desorganización y es peor la solución que el problema”.
Por otro lado, la competencia
directa en el sector venía de la mano de grandes empresas
multinacionales, a las que no les resultaría rentable ocupar
determinados yacimientos de mercado de categoría inferior
a las grandes capitales de la región. Las firmas multinacionales
de consultoría no pueden instalar sus soluciones por falta
de mercado y sus costes de estructura son muy superiores a los de
una empresa mediana puesto que aún no existen soluciones
estándar fuera de los grandes sistemas para compañías
con capital extranjero. Además, las firmas locales pequeñas
todavía no disponían de la estructura, la experiencia
y la tecnología suficiente para realizar un proyecto que
necesita de una visión internacional para implantar modelos
o soluciones ya probados en otros lugares anteriormente.
Por tanto, había
un mercado donde los modelos ya estaban escritos, la competencia
directa estaba difuminada y los profesionales españoles contaban
además con la tarjeta de visita ideal que supone una imagen
positiva en los países iberoamericanos: “la cultura
y el idioma facilitan el entendimiento de los problemas del cliente”.
Apoyada en esos puntos
a su favor, la firma española añadió su propia
manera de hacer negocios, su cultura empresarial. En ella, uno de
los aspectos más importantes es el trabajo conjunto con el
cliente. “Lo peor que tiene el consultor es crear una dependencia”,
comenta Pedro Montoya, “cuando una empresa no puede modificar
un sistema porque depende de un consultor que algunas veces está
a 5.000 kilómetros de distancia, algo no termina de funcionar”.
Su presidente explica que, por un lado, “el activo de un consultor
es su metodología y no hay muchas empresas que estén
dispuestas a ceder lo que consideran su mejor arma”. En cambio,
desde la perspectiva del cliente “si éste puede elegir
entre un proyecto llave en mano y un trabajo conjunto con los mejores
de cada lado, el cliente optará siempre por el segundo caso
porque sus recursos no suponen coste adicional y porque no desea
mantener una dependencia con una empresa externa. Esta fórmula
supone que lo que el cliente se ahorra, la consultora no lo factura”.
La clave radica, por tanto, en la combinación adecuada de
ambas tendencias.
El resultado final es
la formación de equipos de consultores con la metodología
de Grupo SCA, que cede sus productos y soluciones, aporta sus experiencias
y una visión sobre cómo evolucionará el campo
de la consultoría, tanto en clientes finalistas como en firmas
locales. De este modo, la composición propia de los equipos
de trabajo en los proyectos en los que participa la empresa española
nunca es mayor al 5% mientras que el resto del personal lo aporta
el cliente o el socio local. En Grupo SCA creen que esta estrategia
ha generado confianza en los nuevos mercados y subrayan que la visión
que se tiene de ellos es la de una firma extranjera que “trae
y no lleva”.
| 1 | 2 |
|