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La Administración española está dedicando grandes esfuerzos a que la primera impresión que reciban los ciudadanos extranjeros cuando se habla de nuestro país sea de algún producto tecnológico, no la paella y los toros. GMV es una de las empresas que, con su éxito fuera de nuestras fronteras, contribuye a que, poco a poco, estos tópicos estén un poco menos a flor de piel.
A grandes rasgos, la facturación de este grupo industrial se distribuye actualmente de la siguiente manera: el 50% procede de las actividades relacionadas con el sector aeroespacial, el 25% de las nuevas tecnologías de la información y comunicación (TIC), el 15% de defensa y el 10% de servicios a los transportes. Según las estimaciones de la empresa, el próximo año aumentará la cuota de esta última área de actividad a costa de la aeroespacial, que crece de forma más lenta que los otros sectores, lo que redundará en una mayor diversificación de las fuentes de ingresos de la compañía.
Luis Mayo, su director general, tiene muy claro que esta diversificación resulta muy beneficiosa para el grupo. Trabaja para GMV desde hace 21 años (casi desde el inicio de las actividades de la matriz), cuando fue contratado como ingeniero. A lo largo de estas dos décadas ha asumido cada vez más responsabilidades (como director de Marketing y de Operaciones del Área Aeroespacial) hasta asumir el cargo que ostenta actualmente tras la muerte del fundador, Juan José Martínez García.
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Luis Mayo (Director general de GMV) |
Un mercado global
Las características fundacionales de la compañía marcaron su línea de negocio y sus clientes durante casi una década. El catedrático de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Aeronáuticos, el ya citado Juan José Martínez García, creó, a partir del grupo de trabajo de la cátedra de Mecánica de Vuelo, la primera empresa de lo que hoy es el Grupo GMV (ver Expansión Comercial, nº 110, enero 1994). Como indica Luis Mayo, “la ventaja fundamental consistía en que ya conocíamos a los que podían ser los principales clientes de las actividades que entonces desarrollaba la compañía. El grupo de trabajo de la Escuela ya había estado colaborando en diversas construcciones aeronáuticas con la Agencia Espacial Europea y con algún otro cliente del sector. Así pues, la mayor parte de la producción inicial se vendió a los contratistas de nivel superior de la industria aeroespacial, que proveían a esta agencia y que eran alemanes, franceses, italianos o británicos. De hecho, en el año 1992, el 92% de los ingresos de la empresa dependían de la Agencia Espacial Europea”. .
La concentración de tal cuota de facturación en un único cliente nunca se corresponde con la situación óptima para una empresa. Y llegaron los problemas. Mayo rememora que “a finales de ese año sufrimos un serio disgusto. El Gobierno español decidió retirarse de los programas de vuelos tripulados de la Agencia, que suponían aproximadamente el 30% de nuestra actividad en aquel momento. Aunque conseguimos, en el plazo de un año, recolocar al personal afectado, este hecho representó una seria advertencia. No podíamos seguir dependiendo de un único cliente y tomamos la decisión de diversificar hacia otros sectores y expandir nuestra actividad aeroespacial hacia el mercado comercial de satélites de comunicaciones, que también es internacional por su propia naturaleza”.
Cómo aprovechar la experiencia
La estrategia de GMV consistió, a partir de ese momento, en la transferencia de tecnologías del mercado aeroespacial a otros sectores donde podían generar alguna ventaja a sus clientes. “Por ejemplo, nosotros en el año 1987 ya trabajábamos en sistemas de navegación por satélite aplicados al campo del transporte. En el año 1993 comprobamos que en algunos países comenzaban a desarrollarse sistemas de gestión de flotas basados en localización por satélite. Como conocíamos la tecnología, decidimos abordar este mercado”, señala el director general.
El proceso fue parecido al iniciar su división de TIC. “Nosotros producimos software, siempre hemos elaborado programas informáticos, y por eso la tecnología de la información nos resultaba muy cercana. También conocíamos la tecnología de comunicaciones ligada al sector espacial. Además nos vimos muy pronto involucrados en el trabajo en Internet. Desde el año 1985, formábamos parte de un consorcio industrial internacional creado para desarrollar el software del sistema de plataformas europeas Columbus. Nos encontramos con el problema de comunicarnos con el resto de las compañías que trabajaban en este proyecto. En aquel momento, acciones que hoy son cotidianas, como enviar un fichero adjunto en un correo electrónico, suponían muchísimos problemas. La red obligaba a partir los archivos en paquetes, pero no lo hacía de forma transparente. Para solucionar esto, desarrollamos un programa que efectuaba esta operación y reconstruía los datos cuando llegaban a su destino”.
Otro de los campos que abarca actualmente la actividad del grupo, el de la seguridad lógica o procedimientos que resguarden la seguridad de los datos informáticos, se inició de un modo quizás más insospechado. “El primer cortafuegos que se instaló en un ordenador en España lo desarrollamos nosotros. Fue en el Centro de Satélites de la Unión Europea Occidental (UEO). Esta institución no podía, por razones de imagen, tener un acceso a Internet que no estuviera protegido, incluso aunque se utilizase exclusivamente para tareas de ofimática”. Luis Mayo confiesa que “Como éramos responsables del Centro, tuvimos que implementar un sistema de defensa”.
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