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Mi amiga Mariví, tan así ella, decidió casarse e irse a practicar submarinismo a las costas de Vietnam, por eso del viaje exótico, romántico, y por ponernos los dientes largos a los que debemos ganarnos el pan con el sudor de la frente.
A su vuelta, mensaje en el contestador: "El jueves en mi casa para ver las fotos del viaje. No me faltes. Habrá piscolabis". Cualquiera deja de ir.
Empieza la proyección. Tras las 738 primeras fotos, coqueto que era el barquito, mira chica que me queda divino el biquini aquí, ¿cómo has dejado ésta, que estoy superhorrorosa?, me entra el sopor. Zzzzzz...
Despierto ya a punto de entrar en un idílico puerto vietnamita. Majestuoso se erige el fuste blanco, refulgente la cúpula que protege la luminaria de guiño tranquilizador. Made in Spain. Sello de la empresa La Maquinista Valenciana, adivinen la provincia.
"Ese faro funciona gracias a la tecnología española", se me escapa, juro que sin intención, todavía adormilado. Pecado mortal romper el exotismo del relato. A mi amiga Mariví, tan así ella, se le corta la respiración y se le cae el mando. "Y, bueno, también han equipado faros en Argelia, Chile, Dinamarca, Filipinas, Turquía..." Mirada asesina de su flamante marido. Mejor me callo.
Está visto que ya no quedan destinos exóticos. Dita globalización. JOAQUÍN NÚÑEZ
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