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Hacia mercados más estables |
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Desde 1986 hasta 1995 las entradas de IDE superaron a las salidas en más de un 300%. Sin embargo, en poco más de cinco años esta situación cambió sustancialmente. Según datos de la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) y de la Dirección General de Comercio e Inversiones del Ministerio de Economía, los flujos de inversión española hacia el exterior ascendieron de tal modo que convirtieron a la economía española por primera vez en 1997 en exportadora neta de inversiones.
Los factores que explican la expansión de la inversión de las empresas españolas en este período son múltiples y pertenecen, entre otros, a los ámbitos:
Pero lo verdaderamente relevante de ello es que nuestro tejido productivo ha dado el paso para dejar de ser exclusivamente un receptor de inversiones extranjeras, y convertirse en una economía que también invierte significativamente en el exterior, a un nivel semejante y superior en muchos casos al de los países miembro de la Unión Europea. Prueba de la profunda transformación que se ha producido es la evolución del stock de inversiones españolas en el exterior, que ha ido adquiriendo progresivamente una mayor importancia creciendo desde un 6% del PIB en el año 1995 hasta un 33% en 2002, por encima de países como Alemania, Italia, Austria o Noruega.
En definitiva, el nuevo papel de la economía española como inversora en el exterior ha significado un cambio de profundo calado en la estructura económica española, llevado a cabo, además, en un breve lapso de tiempo. No conviene olvidar que en la actualidad no sólo las grandes compañías sino también un número creciente de pequeñas y medianas empresas, a menudo de origen familiar, están apostando por proyectos de inversión en el exterior.
Así, en el período 1996-2000 las compañías españolas destinaron al conjunto de países latinoamericanos aproximadamente la mitad de todas sus inversiones directas en el exterior, lo que ha situado a España como segundo inversor principal en la región, sólo por detrás de Estados Unidos, una economía de un tamaño 15 veces superior a la española. Además de la existencia de vínculos tan fuertes como un idioma común y la cercanía cultural, a la hora de explicar esta elevada cuantía de las inversiones españolas en América Latina, también ha sido determinante el hecho de haber confluido en el mismo período temporal necesidades complementarias en la economía española y la latinoamericana. Por un lado, las grandes empresas españolas se vieron abocadas a la expansión vía IDE para ganar tamaño y tratar de acumular experiencia y reputación multinacional. Por otro, las principales economías latinoamericanas dejaron atrás una década de aislamiento y asumieron un modelo económico basado en la apertura y la liberalización. Desagregando por países, la implantación de las compañías españolas en Latinoamérica ha sido heterogénea. Nuestras empresas se han concentrado especialmente en Argentina y Brasil. También ha sido relevante la actividad inversora en México y Chile. Sin embargo el volumen destinado hacia estos dos países ha sido mucho menor. A una distancia sustancialmente mayor para el mismo período se sitúan las inversiones en Colombia, Perú, Venezuela y Uruguay. Las inversiones en los países del Caribe son mucho menores.
Si bien el descenso de flujos de IDE española hacia América Latina ha sido considerable en los últimos años, no puede afirmarse que esta región haya perdido todo su atractivo para los inversores españoles según confirman los últimos datos publicados por la Dirección General de Comercio e Inversiones. El interés de las inversiones españolas por las áreas emergentes prácticamente se ha limitado a Latinoamérica. En comparación con las operaciones realizadas en dicha área, África, Asia y Europa Central y Oriental han recibido una atención residual.
No obstante, ese ejercicio significó también el comienzo de la fase recesiva del ciclo económico en Estados Unidos (ver el artículo de la sección Mundo de este número), que posteriormente se extendió por las principales locomotoras económicas mundiales. Fruto de la creciente incertidumbre, la aversión al riesgo se incrementó sustancialmente entre los inversores, en especial en el caso de aquéllos que operaban en los mercados emergentes donde hubo crisis políticas, económicas y sociales. En definitiva, la caída en las expectativas de crecimiento y la extensión de un clima de incertidumbre sobre la mayoría de mercados emergentes, conllevaron no sólo la contracción de las inversiones españolas en el exterior, sino también un cambio en las preferencias de destino de nuestros empresarios que comenzaron a interesarse prioritariamente por los países desarrollados, más estables y seguros. Por motivos evidentes de cercanía, seguridad política, integración económica y conocimientos del mercado, los países que integraban entonces la Unión Europea se consolidaron como el principal destino de las inversiones españolas después del año 2000. El resto de países desarrollados también incrementó su atractivo aunque en menor medida. Pero esta tendencia por mercados más seguros se ha producido también en los mercados emergentes. Entre éstos, los inversores parecen decantarse por los de menor riesgo, como muestra el caso de México. Análogamente, el incremento de las inversiones españolas en los países de Europa Central y Oriental en 2003, especialmente en aquéllos que han pasado recientemente a ser miembros de la Unión Europea o los que se encuentran en proceso de adhesión, contribuye a reforzar esta hipótesis.
No obstante conviene resaltar la importancia de la diversificación de destinos. Es esencial no olvidar el elevado potencial de crecimiento y las atractivas oportunidades de negocio que surgen en regiones emergentes como Asia, Europa Central y Oriental, América Latina o los países del África Septentrional.
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