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ILUMINANDO ILUSIONES
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Daisalux es una empresa casi recién nacida, pero está presente
en algunos de los edificios más emblemáticos de la geografía nacional.
Tiene poco más de diez años, pero sus esfuerzos en innovación y diseño
son una indudable garantía de éxito. José Antonio Fernández Arróyabe,
su director, la hizo nacer de la casualidad y la mueve mediante la
ilusión. |
Por casualidad empezó él a trabajar en el sector del alumbrado
de emergencia, cuando se integró en el departamento de diseños y
prototipos de una empresa de este sector, ubicada en Oñate, tras ser
expulsado temporalmente del colegio jesuita donde estudiaba.
Cuando le readmitieron prefirió no volver y continuar trabajando
en un sector que había conseguido atraer su inquietud.
En aquellos momentos no podía imaginarse que aquella decisión
cambiaría el curso de su vida, y que con los conocimientos adquiridos
allí, montaría su propia empresa, apenas 10 años más tarde.
Como muchos proyectos, el alumbramiento de Daisalux fue algo espontáneo,
apenas premeditado, nacido en palabras de su director, como fruto del
afán de subsistencia. "Cuando la empresa en la que trabajábamos quebró,
tanto mi mujer como yo nos quedamos de la noche a la mañana en el paro,
con 750.000 pesetas en el bolsillo porque nos debían cuatro meses de
sueldo." La experiencia fue amarga pero le enseñó la que él considera
la lección más importante de su vida. "Decidí no volver a trabajar para
nadie más. Que te dejen en la calle es algo que te puede pasar una vez
en la vida, pero dos, no. Aquí fue cuando tomé la determinación de ser el
único dueño de mi destino. Si me tenía que estrellar, me estrellaría yo
mismo."
Los comienzos fueron duros. Carecían de locales adecuados, de dinero y de
infraestructura. Sólo una enorme ilusión apadrinó el nacimiento de los primeros
proyectos. "En mi primer trabajo ya había descubierto que hay unas posibilidades
enormes para cualquiera de cambiar su realidad y la realidad del producto que
está haciendo. El truco está en que te tiene que hacer ilusión. Al principio,
empezamos a trabajar en nuestra casa, en un cuarto piso sin ascensor. En una
habitación muy pequeñita comenzamos a construir unos aparatos y los vendíamos
nosotros mismos, como los hippies en los mercadillos." Sin embargo, no pasó
mucho tiempo antes de que aquellos primeros esfuerzos dieran el fruto esperado.
"Al cabo de unos meses alquilamos una lonja de 100 metros cuadrados e incluso
contratamos a un operario. En un año y medio estábamos funcionando."
El gran salto se produjo con la compra del primer pabellón. Una experiencia
apasionante en palabras de José Antonio Fernández Arróyabe. 750 metros cuadrados
que albergarían toda una serie de nuevos proyectos en iluminación de emergencia.
Movido por el optimismo y los buenos resultados conseguidos hasta el momento,
Fernández Arróyabe se jugó todo su capital en una arriesgada apuesta por una
novedosa campaña de publicidad. Y perdió.
"Perdí más de veinte millones de pesetas. De los de antes- recalca-. " No
sabía que hacer." Pero como siempre, su arrolladora vitalidad le llevó a
reenfocar aquel desastre hacia algo positivo. "Tras el fracaso, me ayudaron
unos arquitectos con los que contacté. Les dije lo que quería hacer y me
pusieron en contacto con el Instituto de la Pequeña y Mediana Empresa, que
me subvencionó el 50% de los costes de un diseñador. Y esa fue mi salvación
porque me pusieron en contacto con diseñadores de la talla de Josep Lluscá,
que a mí directamente ni me habrían abierto la puerta y volvimos a arrancar.
Luego empezamos a ganar un poco de dinero y compré el terreno actual".
El terrreno actual comprende varios pabellones y una extensión de 7.000
metros cuadrados en un polígono industrial de Vitoria. Fábricas y oficinas
sorprenden por su diseño innovador, su apariencia impecable y sus grandes
cristaleras que proporcionan luz natural, todo ello con el objeto de hacer
lo más cómodo posible el trabajo de sus empleados. Con el cambio de
ubicación y miras más amplias, también se modificó la filosofía de trabajo
de este hombre sencillo y sincero. "El hecho de tener que compartir el
trabajo me cambió la forma de ver la vida. Empecé a plantearme que cada
uno tenía que ser responsable dentro de su área, que yo no podía ser el
centro de todo. Entonces aprendí a delegar y empecé a rodearme de un equipo
de gente muy válida y muy joven".
La falta de experiencia era algo común a los integrantes del nuevo
equipo. Ello traía consigo la desventaja del desconocimiento del producto
y sus técnicas, pero para Fernández Arróyabe eso se veía claramente
compensado por el entusiasmo, la rapidez de aprendizaje y la plena
identificación con la empresa.
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