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Ondárroa
huele a mar, y a pescado. Las estrechas calles del trazado medieval
que forman su casco antiguo y que van a desembocar al puerto esconden,
formando ya parte de su paisaje histórico, una de las más
antiguas fábricas de la región: la de Conservas Ortiz.
Uno puede, cruzando el puente para atravesar el río Artibai,
pasar junto a la puerta donde se arremolinan a la salida las trabajadoras
de Ortiz y comprar allí mismo, en la pequeña tienda
adosada a las oficinas, bonito del norte en aceite de oliva virgen
o un preparado marinero tradicional listo para calentar, eso sí,
lo avisa un cartel, pagando al contado.
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Jacobo Múgica |
A los Ortiz,
el tiempo y la evolución no les han hecho sino ratificar
el valor de la tradición. Como el último bastión
de un mundo en continua evolución, esta familia de conserveros
ha sabido apostar por lo de siempre, por lo bueno, y no dejarse
llevar por el entorno, haciendo sólo las concesiones necesarias
a los nuevos tiempos. Conservas Ortiz puede presumir de que el proceso
que sigue el bonito de sus latas y tarros de cristal no varía,
en lo sustancial, del que era hace un siglo.
Hace más
de cien años, en 1891, Bernardo Ortiz de Zárate, fundador
de la empresa, llegó de Álava a Ondárroa dispuesto
a emprender nuevos negocios. El actual director de exportación
de la empresa, Jacobo Múgica, lo explica como un cuento que
se ha transmitido hasta la cuarta generación, la que lleva
hoy las riendas de esta empresa. "Al llegar contó con
una ventaja: la familia. Se casó con una vecina del pueblo,
Petra López de Aréchaga y Navarrete, y por medio de
su cuñado, que ya era conservero, aprendió el oficio".
Petra iba a confirmar, once años más tarde, su papel
determinante en la historia de los Ortiz, cuando Bernardo fallece
siendo pequeño su hijo José y la empresa queda en
sus manos y pasa a denominarse, durante unos años, Viuda
de Ortiz, y más tarde, Viuda de Ortiz e Hijo. La lógica
y la sencillez, al parecer, también han sido claves de esta
conservera.
Antes de eso,
en los primeros años, Bernardo Ortiz se dedicaba a comprar
directamente en los muelles a los pescadores de bajura durante las
costeras de la anchoa (entre abril y junio) y del bonito (entre
julio y octubre). Sin posibilidades de conservación y transporte
más allá de las que daba el escabeche y los barriles
de madera, el incipiente conservero se dedicaba a vender por todo
el norte de Castilla en el día siguiente a la compra de pescado.
Como buen comerciante, ideó un sistema de fábricas
itinerantes, que sólo trabajaban durante la costera, con
el que sacaba el máximo rendimiento a su empresa. "Se
dedicó a establecer fabriquitas, muy pequeñas, de
conservación del pescado a lo largo de la costa cantábrica,
ya que los barcos de bajura, a vela, arribaban al puerto más
cercano de donde hacían las capturas y el tiempo era un factor
fundamental. Las fábricas abrían en primavera, con
la costera de la anchoa, seguían en verano, con la del bonito
y cerraban el resto del año".
A medida que
las condiciones de transporte y conservación iban mejorando,
el sistema itinerante dio paso a la construcción de cinco
plantas fijas. Se establecieron en la costa del País Vasco
(Ondárroa, Lequeitio y Zumaya), Cantabria (San Vicente de
la Barquera) y Asturias. En 1942 José Ortiz y su hijo José
Antonio crearon la sociedad limitada que no se convertiría
en Conservas Ortiz S.A. hasta 1956. En la actualidad es la cuarta
generación de Ortiz quien está al frente de la empresa.
Otro paso fundamental para la evolución de la empresa llegó
en 1930, cuando se pasa de conservar los pescados en barriles de
madera y en escabeche y se adopta la lata de conserva y el aceite
de oliva.
Del mar al océano
"Los mercados
exteriores han formado parte de la empresa desde el principio, aunque
en su evolución encontramos dos fases. Una primera, por necesidades
de producción: había muchísima pesca, se compró
mucho pescado y había que venderlo", aclara el director
de exportación. "Más adelante la idea ha sido
abrir nuevos mercados, ser menos dependientes del local, incrementar
el valor de marca, hacer la empresa más flexible y coger
músculo comercial. La exportación acarrea muchas ventajas
a una empresa".
Desde muy pronto,
recién inaugurado el siglo XX, las conservas de Ortiz empezaron
a recorrer mundo, siendo José Ortiz el primero en exportar,
hacia Italia, destino tradicional de todas las conserveras, y a
aquellos países con importante inmigración italiana,
como Canadá, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica.
En este primer momento, la punta de lanza de la exportación
era la anchoa. Para ambos aspectos, producto y destinos, hay una
explicación sencilla. "La técnica de la anchoa
en salazón, se llama alla vera carne y es una técnica
que trajeron al Cantábrico los italianos, que se establecieron
por toda la costa, porque sabían que aquí estaba la
mejor anchoa, tenían sus propias fábricas, preparaban
aquí la semiconserva y la enviaban a Italia, por lo que era
un consumidor muy acostumbrado al producto", aclara Múgica.
Era un momento
en el que la mayoría de la población española
no podía permitirse ciertos productos, por lo que había
que salir a mercados exteriores necesariamente: "La exportación
permitió a Ortiz crecer mucho porque el mercado local en
ese momento era reducido". Fue, así, la época
en que la empresa contó con una más alta cuota de
exportación, aunque hasta hace seis años no ha considerado
necesario crear un departamento específico. En este tiempo,
se exportaba siempre por barco. "El sistema daba muchos problemas
porque la anchoa tiene que transportarse fresca, y hace cincuenta
años era algo difícil de controlar. Lo que se hacía
era mandar los barcos en invierno, pero en cuanto le diera un poco
de calor a la anchoa, podía perder calidad." Poco a
poco, los italianos emigrantes de segunda generación fueron
perdiendo la costumbre de preparar la anchoa según la técnica
tradicional y empezaron a diversificarse las exportaciones de Conservas
Ortiz, aunque permaneciendo siempre fiel al área mediterránea.
De hecho, el cliente más veterano que aún mantiene
la empresa en el extranjero es un distribuidor italiano dedicado
a los productos en salazón que compra a Conservas Ortiz desde
hace 42 años. Como curiosidad, un país que se cruzó
por azar del destino en la trayectoria de los Ortiz fue Suiza, hacia
1920: "Es el único mercado del mundo en el que se conoce
bien el bonito del norte. En Suiza, hace 80 años, las mujeres
desarrollaron el bocio por la falta de yodo y los médicos
recomendaron paliar esa carencia de sal yodada importando conservas
de pescado español".
Vender
sólo lo mejor
Las conservas
de pescado en lata han sido siempre el fondo de la exportación
de Conservas Ortiz y hoy día "sigue siendo un puntal
en nuestra exportación, siendo su tradicional packaging una
ayuda para diferenciarnos", asegura Múgica. Sin embargo,
hace quince años se produjo una remodelación de la
estrategia de internacionalización de la empresa que tendría
como protagonista el tarro de cristal, envase que les ha ayudado
a llegar a los segmentos más gourmet de cada país.
"En el extranjero, es muy difícil diferenciar una lata
de bonito del norte de un atún tailandés, y sin embargo
el nuestro cuesta hasta diez veces más. Si el cliente puede
ver los lomos enteros de bonito y el aceite de oliva, te sitúas
en otro nivel".
Tanto es así que la dirección de Conservas Ortiz decidió
empezar a buscar al consumidor exigente dispuesto a pagar más
por un producto mejor. "Nos dirigimos, por eso, en los últimos
quince años, a aquellos países donde hay consumidores
que aprecien un producto superior e intentamos llegar a ellos",
explica Múgica. ¿Cómo?, "Introduciendo
nuestros productos en las tiendas gourmet y en las delicatessen
más especializadas de Francia, Reino Unido, Bélgica,
Suiza, Países Nórdicos, Estados Unidos y algunos países
sudamericanos".
En Italia, por
ser el mercado en el que la presencia de Conservas Ortiz es más
sólida, siguen una política comercial similar a la
de España, buscando distribuidores por zona. "En el
resto de países europeos y Estados Unidos la estrategia se
adapta optando por un único importador o varios, con el apoyo
de un agente propio, según el caso", explica Múgica.
En Sudamérica, al ser conscientes de que su clientela potencial
es más reducida, buscan un importador por país. En
Japón, por ejemplo, han llegado sólo con la anchoa,
ya que es un país muy habituado a consumir atún fresco.
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