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>> La Freixeneda
Unas raíces que se hunden en los viñedos de Juan
Sala, un empresario que a finales del siglo XIX dio a sus vinos
una dimensión internacional. La filoxera y la pérdida
de las colonias americanas dejaron en suspenso un negocio que
retomó su nieta, Dolores Sala, y su marido. Y precisamente
fue éste, Pedro Ferrer Bosch, el que apostó por
producir, en la finca familiar La Freixeneda, exclusivamente cava
o champán catalán como se conocía entonces,
un vino espumoso fermentado según el método champenoise.
Así, en 1914 nace Freixenet, utilizando el apelativo con
el que las gentes del lugar conocían "al chico de
la Freixeneda".
Las primeras
etiquetas de cava aparecen con la marca Freixenet y Casa Sala,
pero como señala José Luis Bonet, "el mercado
optó por la primera de las denominaciones". Los felices
años veinte no sólo traen algo volátil, como
una saneada cuenta de resultados, producto del período
de bonanza económica que se vivía, sino también
algo que ha perdurado a lo largo del tiempo: el niño de
la barretina roja con una botella debajo del brazo, la imagen
comercial del grupo. Este cartel publicitario, que se presentó
en la Exposición Universal de Sevilla de 1929, sustituyó
a la vaporosa dama que sentada sobre una botella de cava anunciaba
hasta entonces las marcas de la casa. La promotora del cambio
fue Dolores Sala, que consideraba la figuración muy atrevida.
Sin la intuición,
la visión de futuro y la experiencia de Pedro Ferrer en
los primeros años de vida de la empresa y la fuerza de
Dolores Sala, una mujer excepcionalmente preparada para su tiempo,
posiblemente Freixenet no hubiera pasado de ser una bodega más
de Sant Sadurní d'Anoia. La preponderancia del primero
en los primeros años de la empresa sentó las bases
para su desarrollo. "Mi abuelo se dio cuenta muy pronto del
poder de la publicidad y de la trascendencia de las exportaciones,
llegando a instalar una sucursal en Estados Unidos, concretamente
Nueva Jersey, en 1935, aprovechando la abolición de la
ley seca", recuerda José Luis Bonet. Expansión
que se vio truncada por el estallido de la Guerra Civil en España,
que acaba con las muertes de su abuelo y de su tío, el
primogénito de la familia.
Demostrando
sus buenas dotes para administrar la empresa y un excelente paladar
para la cata de vinos, Dolores Sala no se amedrenta y coge el
testigo, capeando con éxito los difíciles años
de la posguerra. Su gran acierto: el lanzamiento del Carta Nevada,
entre cuyas señas de identidad se encontraba la botella
de cristal blanco esmerilado que formaba parte del legado de su
marido.
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La maduración de una marca
En este contexto, José Ferrer toma el relevo en la gestión
de la compañía, aunque su madre conserva la dirección
general y la presidencia hasta su muerte, y pone en marcha un
proceso de modernización en la década de los sesenta
para el que cuenta con su sobrino José Luis Bonet. Ambos
hacen causa común para "recuperar el legado y la estrategia
de Pedro Ferrer Bosch".
Hacerse fuerte
en España y ser líder en exportaciones del sector
son los dos pilares básicos del plan. La estrategia: posicionarse
en el segmento de precio medio, ofreciendo la misma excelencia
en los caldos. Los medios: ofrecer un producto de calidad, con
una presentación esmerada, potenciar la red comercial tanto
dentro como fuera de España y darle un apoyo publicitario,
diseñando las campañas en los mercados exteriores
conjuntamente con los distribuidores locales. "Elegimos el
cava Carta Nevada para el mercado nacional, un producto que se
elaboraba desde 1941, y el Cordón Negro para la exportación.
A esta última marca se le diseñó también
una botella negra esmerilada que le diferenciaba de la competencia",
evoca José Luis Bonet con la sobriedad que le caracteriza.
Los logros: se consolida en España como el segundo productor
de cava, la inconfundible botella blanca del Carta Nevada se convierte
en un fenómeno social, gracias a sus apariciones en la
pequeña y la gran pantalla, y Cordón Negro va dejando
su impronta fuera de España.
Con una imagen
de marca sólidamente construida, cimentada en la fuerza
conjunta de las ventas y la publicidad, Freixenet sale de compras.
Corren los años ochenta y tras la expropiación de
Rumasa adquiere las cavas Castellblanch y Segura Viudas, así
como las bodegas de vino tranquilo René Barbier, lo que
incrementa notablemente el volumen de producción de la
empresa. Y, cumpliendo con el anhelo de Pedro Ferrer Bosch, que
-como siempre recordaba Dolores Sala- afirmaba que para dar prestigio
a la marca había que tener una casa de champán en
Francia, se hace con las bodegas Champagne Henri Abelé,
las terceras más antiguas de la región de Reims,
cuna del champán.
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