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América
Latina y el Caribe frente a la globalización
Al
comenzar el siglo XXI, el tema de la globalización
ocupa un sitial preponderante en los debates referentes
a la política económica mundial. En cuanto
a sus causas y consecuencias, ya nos hemos habituado a que
globalización signifique cosas diferentes para diferentes
personas. Algunos la consideran como una amplia avenida
de oportunidades de progreso económico y social y
de creación de un mundo mejor. Otros expresan profunda
preocupación ante el deterioro que ese fenómeno
suscitaría en la autonomía de las naciones,
la integridad de las sociedades y, en definitiva, el bienestar
humano. Muchos otros son simplemente observadores perplejos
de los cambios acelerados que experimenta el mundo que los
rodea. Recientemente el escepticismo con respecto a la globalización
parece haber ganado terreno en la opinión pública,
o por lo menos parece expresarse en forma más rotunda,
como lo ilustran las manifestaciones multitudinarias contra
la Organización Mundial de Comercio (OMC) que tuvieron
lugar en Seattle el año pasado.

En cierta
medida, la inquietud que suscita la globalización
es comprensible, pues a menudo los acontecimientos de nuestros
días parecen superar la capacidad de las personas
y los gobiernos de manejarlos eficazmente. Ésto hace
que ante la globalización se tenga la sensación
de estar sufriendo una contrariedad. Algunos atribuyeron
a las turbulentas corrientes de capital que provienen de
mercados financieros cada vez más globalizados el
colapso del denominado milagro asiático. Otros creen
que el incremento del comercio mundial no suscita prosperidad
-como lo enseñan nuestros libros de texto de Economía-
sino degradación de los mercados de trabajo, de la
cultura y del medio ambiente. Los signos de creciente desigualdad
en el mundo respaldan la noción de que la globalización
beneficia exclusivamente a un grupo selecto de países
y a los habitantes de estos últimos.
Indudablemente,
la globalización crea problemas y requiere ajustes.
Pero ¿se trata de sustituir el progreso económico,
científico, social y político, de proporciones
históricas, que ha contemplado el mundo en los últimos
veinte años por la incertidumbre con la que nos vemos
confrontados hoy? Una reflexión detenida conduce
a una respuesta negativa. La solución consiste en
una gestión social y políticamente más
eficaz de las fuerzas de la globalización y una preparación
más sistemática, en el ámbito nacional,
regional y multilateral, para alcanzar los potenciales beneficios,
reducir al mínimo sus costos y hacer posible una
distribución equitativa.
En América
Latina y el Caribe, profundas transformaciones han puesto
a la región en condiciones de aprovechar las oportunidades
que puede ofrecer un mundo que cambia rápidamente.
Desde mediados de la década de los ochenta somos
testigos de una amplia gama de reformas económicas
estructurales cada vez más profundas encaminadas
a una mayor apertura a la economía mundial, un espacio
más amplio para las actividades del sector privado,
una mayor participación democrática y una
colaboración más estrecha con los países
vecinos y con la comunidad internacional. En muchos aspectos,
la región es un lugar del mundo radicalmente diferente
del que existía al comienzo de la crisis de la deuda
de los años ochenta. No obstante, al cabo de 15 años
de severas reformas estructurales es excesivo el número
de problemas que aún subsisten. El crecimiento económico
ha sido exiguo y en algunos casos inestable; al mismo tiempo,
América Latina y el Caribe es la región del
mundo en la que existe una mayor desigualdad. No es sorprendente,
por lo tanto, que en la región se haya intensificado
el escepticismo con respecto al proceso de reforma estructural
y a la globalización en general. No obstante, un
retroceso en la orientación general de las reformas
sería ciertamente frustráneo en el contexto
de las actuales tendencias de la globalización, crearía
condiciones conducentes a la pérdida de oportunidades
de desarrollo y daría lugar, asimismo, a una marginación
económica, e inclusive política, con respecto
a las fuerzas mundiales de la modernización y el
progreso social. Lo que se requiere es aplicar mecanismos
de perfeccionamiento y adaptación basados en la experiencia
de las lecciones recientes y profundizar las reformas, llevándolas
a ámbitos clave relativamente desatendidos.
Si bien
el decenio de los ochenta suele caracterizarse como la "década
perdida" para América Latina y el Caribe, dada
la preponderancia en ese período de resultados económicos
en general desalentadores, la región, calladamente,
sentó las bases de una importante transformación
política, social y económica. La explosión
del servicio de la deuda, el colapso de las cuentas externas,
una inflación desbocada y una profunda recesión
asestaron el golpe definitivo a un modelo, excesivamente
arraigado y agotado, de sustitución de importaciones
orientada por el Estado, y obligó a los países
de América Latina y el Caribe a poner en marcha rápidamente
el proceso de reforma estructural basado en el mercado que
aún sigue aplicándose. Al mismo tiempo, entre
1978 y 1990 unos 15 países lograron realizar la transición
de la dictadura a la democracia.
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