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IRLANDA
El desafío irlandés | 1 | 2 |


Este país lleva más de 15 años consolidándose como ejemplo de desarrollo imparable. Entre los años 1995 y 2000, Irlanda experimentó un crecimiento real del PIB de un 9,4%, lo que le valió el sobrenombre de tigre celta, rivalizando en tasas y cifras con los países del sudeste asiático (ver El Exportador Digital, nº 27). Este ritmo, insostenible a todas luces, descendió al 6,1% en los dos años siguientes y en torno al 4,3% hasta 2005, para situarse en 2006 en la nada desdeñable cifra del 5,25%.

Con una renta per cápita por encima de los 40.000 euros anuales, solo superada en Europa por Luxemburgo, una buena muestra del excelente estado de salud de su economía son, según cálculos de la Oficina Económica y Comercial de la Embajada de España (Ofecomes) en Dublín, las entre 50.000 y 80.000 viviendas que en España están en manos de ciudadanos irlandeses, la mayoría de ellas con el propósito de ser utilizadas como segunda vivienda. Sin ir más lejos, durante el año pasado, 1.550.000 irlandeses visitaron nuestro país. Para John MacNamara, responsable en Madrid de Enterprise Ireland -agencia estatal promotora de la internacionalización de las empresas irlandesas- la inversión inmobiliaria es “fiel reflejo de la reciente riqueza adquirida por el país”.

La excepcional evolución de la economía irlandesa ha permitido consolidar un superávit presupuestario que ha sido utilizado para la puesta en marcha de importantes planes nacionales.

En la actualidad, y a pesar de las 1.100 multinacionales implantadas en Irlanda, se puede afirmar que el peso de la economía recae en el sector de la construcción, el consumo privado y la constante inversión pública. Esta última motivada a su vez por la acuciante necesidad de acometer grandes proyectos de obra civil.

Las firmas internacionales implantadas en Irlanda llegaron en su día atraídas por un impuesto de sociedades del 10% -en estos momentos es ya del 12%- y por una población joven, preparada y de habla inglesa. Y la Unión Europea también ha desempeñado un papel vital en el desarrollo de la República irlandesa. Irlanda, al igual que España, representa un ejemplo palmario de cómo la pertenencia a la UE puede beneficiar a una nación en apuros.

Uno de los primeros síntomas de que algo estaba cambiando en Irlanda se produjo en 1998, año en el que la tendencia emigratoria se invirtió por primera vez: eran más las personas que se instalaban en el país que las que salían de él. Las cifras fueron incrementándose tanto por los irlandeses que regresaban a la madre patria, como por cuantiosas comunidades de nigerianos, rumanos, bosnios y chinos, así como de jóvenes de otros países de la UE que llegaban por primera vez a la isla. El aumento del número de extranjeros, propiciado por el boom económico, ha colaborado en la creación masiva de empleo. De hecho, en apenas diez años la tasa de desempleo ha pasado de un 16% a un 4,1%, lo que en términos macroeconómicos equivale a pleno empleo.

Casi sin darse cuenta, el Dublín tranquilo y decadente de principios de los 80, habitado por familias de más de seis miembros, ha dado paso a una ciudad dinámica y multicultural donde la media de personas por hogar es de tres individuos. Esta situación es fiel reflejo de un progreso no solo económico, sino también social.

Nuevos retos
La República representa el paradigma de cómo el desarrollo económico ha impregnado todos los ámbitos de la sociedad. En pocos países desarrollados existe una especialización universitaria tan orientada al mundo laboral como sucede en el caso irlandés. No obstante, la isla es ahora un país donde una sociedad joven y preparada tiene en sus manos la llave para no perder la competitividad en el mercado internacional.

A lo largo de la última década, Irlanda se ha revelado como un enclave propicio para el desarrollo e implantación de las más variopintas actividades empresariales, en especial aquellas que implican una elevada carga de I+D+i. No obstante, si bien el primer tirón de desarrollo llegó de la mano de los sectores químico, farmacéutico, electrónico y financiero, en la actualidad, el grueso del PIB está mutando en su composición debido a la gran inversión pública que la Administración está realizando en materia de infraestructuras. Así, en 2005, el sector de la construcción, liderado por las obras de ingeniería civil, supuso el 20% del PIB irlandés, hecho que puso en entredicho la eficacia de las políticas de atracción de IDE del Gobierno. Esta inversión, además, ha disparado la inflación -entre enero de 2006 y el mismo mes de este año se situó en un 4,9%-, lo que ha complicado aún más la situación. La Administración irlandesa, criticada por instituciones económicas y financieras por ser incapaz de controlar su inflación, se justifica afirmando que solo a través de un fuerte desembolso para mejorar la red de transportes logrará asegurar su competitividad frente a los nuevos polos de atracción de la inversión internacional y, en consecuencia, evitar que su economía se fundamente en sectores como la construcción. Es decir, las obras del presente pretenden asegurar el porvenir innovador de la Irlanda del futuro.

El desequilibrio de la balanza
En 2006, las exportaciones españolas a Irlanda alcanzaron los 1.042 millones de euros, frente a los 3.880 millones de euros de las importaciones españolas de Irlanda. Esther Martín Durán, analista de mercado de la Ofecomes, revela una de las principales causas de la escasa actividad de los exportadores españoles: “La isla ha sido atendida tradicionalmente desde el Reino Unido; la entrada del euro ha agilizado el proceso y cierto número de exportaciones se realiza ya de manera directa sin pasar por el filtro británico, pero aún son muchos los empresarios españoles que se sirven de su distribuidor inglés”. John MacNamara, de Enterprise Ireland, apostilla que esta balanza comercial “tradicionalmente negativa para España, se ha acentuado desde 2001, ya que las principales exportaciones irlandesas a la península se han centrado en productos químicos y farmacéuticos de alto valor añadido, convirtiéndose España en nuestro noveno cliente a escala mundial”.

En este sentido, conviene destacar el dinamismo de los importadores irlandeses frente a la apocopada labor de los exportadores españoles. Desde hace décadas, la firma Don Carlos, propiedad del grupo de Drogheda BoneyValley, acapara el mercado de productos alimentarios de origen español, con más de 35 referencias. Su presidente, Malachy McCloskey  insiste en la importancia de hacer llegar al cliente irlandés “el verdadero espíritu español que reside en cada uno de los productos que distribuimos a través de nuestra marca”. Y McCloskey, como tantos otros importadores irlandeses, ha tenido que ir puerta por puerta detrás de los productores españoles: Comenzamos importando miel en los años 50 y, en la actualidad, los productos bajo la enseña Don Carlos alcanzan el 10% de la facturación total de Boney Valley”. “El potencial de España en Irlanda no conoce límites”.

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