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BIELORRUSIA
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Encajada entre la nueva Unión Europea y Rusia, Bielorrusia está viviendo los momentos difíciles que acompañan al cambio de una economía de estado, con un fuerte peso de la producción militar y de la industria pesada, a una sociedad con un sistema de mercado libre.

Las reformas capitalistas del período 1991-94 acarrearon una corrupción generalizada,tasas de inflación de cuatro dígitos, la obsolescencia de la economía y una caída precipitada de la producción real que colocaron al país en una encrucijada de muy difícil salida.

Con la llegada de Alexander Lukachenko al poder en 1994, el Gobierno reorientó su estrategia y ralentizó el proceso de privatización y de reformas del mercado. La ideología marcada por el culto al trabajo, la colectividad y el Estado paternalista, apoyado por organizaciones sociales como los sindicatos o las asociaciones juveniles, se convirtió en el sustento de la versión populista del Gobierno.

Lukachenko, una figura polémica para la comunidad internacional, ha establecido un amplio control individual sobre las estructuras de poder y el aparato burocrático del Estado.

Los subsidios a las empresas estatales y el control de los precios en la industria y el consumo constituyen las directrices fundamentales de la economía del país. Cerca del 80% de toda la industria permanece en manos estatales de forma directa o indirecta. De hecho, el Gobierno sigue defendiendo la controvertida medida de la acción de oro, que le permite intervenir en la dirección de cualquier empresa por pequeña que sea la participación estatal. Muchos de los bancos que habían sido privatizados después de la independencia fueron nacionalizados de nuevo al principio del mandato de Lukachenko.

Principales activos
En la época en la que perteneció a la Unión Soviética, Bielorrusia fue una de las repúblicas más desarrolladas, gracias a una industria pesada en la que trabajaba más del 40% de la población. Hoy, aún mantiene un sector industrial relativamente diversificado.

El Gobierno continúa favoreciendo la permanencia de los grandes complejos industriales, puesto que son más fáciles de controlar y aseguran estabilidad laboral para los ciudadanos.

Bielorrusia ha heredado además una agricultura mecanizada, que sigue dando trabajo a cerca del 20% de la población activa a pesar de su constante pérdida de competitividad.

En las regiones agrícolas del norte se cultivan cereales, hortalizas y patatas mientras que, en otras zonas, las explotaciones forestales (ver mapa) se han convertido en auténticos motores de desarrollo.

En la última década, se ha iniciado el aprovechamiento agrícola de las zonas pantanosas del sur. Sin embargo, entre las riquezas de su territorio no se encuentran las fuentes de energía y éste es uno de los principales escollos para su economía. La necesidad de importar petróleo y gas de la Federación Rusa crea una dependencia ineludible de las compañías suministradoras del país vecino y del Gobierno del Kremlin.

El sector de la construcción ha mantenido una evolución positiva en los últimos años y aunque Bielorrusia tenga un gran potencial como punto de paso obligado para las comunicaciones, los transportes y los gasoductos entre Rusia y la Unión Europea, el principal activo con el que cuenta es su población: más de 30.000 personas se dedican a actividades de investigación y desarrollo, y el grado medio de cualificación de la mano de obra es elevado. Su preparación científica les permite sobresalir en campos como la física nuclear, la metalurgia, la biotecnología o la óptica.

Luces y sombras
Gracias a un incremento medio del 5% en los últimos años, Bielorrusia ya ha recuperado los volúmenes de producción de 1989. Esto refleja el constante incremento de la producción industrial, aunque casi la mitad de las mayores empresas del país ha reflejado pérdidas.

La inflación mantuvo el año pasado su tendencia descendente. Este hecho y el descenso del poder adquisitivo de sus ciudadanos son los problemas principales con los que se ha enfrentado la república en su corta historia. El crecimiento económico alto y estable del país, no se ha trasladado del todo a sus respectivas poblaciones.

El índice de paro, aun incrementándose en el último año, se mantiene como el más bajo entre todos los de la región: 3,1%. En este punto, sin embargo, desde el Independient Institute of Socio-Economic and Political Studies (IISEPS) se señala que la tasa de desempleo real es unas 3 veces más alta que la registrada de manera oficial, con lo que el índice se situaría, según esta fuente, cerca del 9%.

Un déficit por cuenta corriente contenido y un endeudamiento limitado también perfilan a primera vista un panorama económico favorable, así como el hecho de que Bielorrusia participe activamente en el comercio internacional. De hecho, “exporta el 90% de sus vehículos, el 90% de sus aparatos de televisión y fertilizantes y cerca del 80% de sus máquinas-herramienta”, se enfatiza desde el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Pero la realidad, como en el caso de las famosas muñecas rusas matrioskas, indica muchas cosas más según se va abriendo una para observar lo que contiene dentro: el sistema se apoya en gran parte sobre un sector industrial obsoleto, basado en subvenciones indirectas y en una política monetaria excesivamente flexible y dependiente. El déficit público en apariencia está limitado, pero esto se consigue al no incluir en los presupuestos los fondos sociales.

Además, el Estado ha vendido activos industriales al sector privado ruso para financiar las cuentas públicas. Cada vez hay una mayor dependencia de Rusia que puede agudizarse y ser negativa para la república según cómo se desarrolle el proyecto de unión económica previsto entre los dos estados.

Bielorrusia siempre ha mirado más al Este que a Europa occidental. Buena prueba de ello ha sido su presencia constante en todos los procesos de adhesión, organización o participación entre las antiguas repúblicas socialistas soviéticas, con Rusia a la cabeza.

Uno de los últimos pasos dados en este sentido integrador ha sido el acuerdo sobre la formación del Espacio Económico Común (EEU) que fue sellado por los dirigentes de Ucrania, Rusia, Kazajistán y Bielorrusia en 2003. No obstante, la repercusión de esta iniciativa ha sido, por el momento, más bien escasa.

En lo que se refiere al proyecto de unión Rusia-Bielorrusia, ambos países unificaron sus aranceles en 2001 y mantienen grupos de trabajo para el desarrollo del proceso integrador, que tendrá que ser ratificado mediante referéndum en un futuro próximo. Sin embargo, el Kremlin se plantea este camino más como una integración de la república bielorrusa en la Federación Rusa que como una unión legal.

Bielorrusia necesita la energía que le suministra Moscú, mientras que la oligarquía rusa mira con buenos ojos a algunas de las empresas del país y sabe de la importancia de la república en la comunicación con Europa.

Por otro lado, el accidente nuclear de Chernóbil del 26 de abril de 1986 en la vecina Ucrania impactó de manera devastadora en su territorio y se convirtió en su mayor problema medioambiental. Los efectos de la contaminación han sido ya mitigados en parte, pero siguen suponiendo un importante problema para la salud de sus habitantes y para el ecosistema, a la vez que afectan de manera considerable a las partidas presupuestarias del Estado.

Para terminar con el repaso a los principales problemas de Bielorrusia, hay que señalar que, desde los últimos estertores de la Unión Soviética, el país ha sufrido un constante proceso migratorio, principalmente entre la población joven y con mayor preparación, lo cual ha repercutido muy negativamente en su economía. La mayor parte de ellos ha dirigido sus pasos hacia la Federación Rusa y Alemania.

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