“Dudo mucho que los gallegos seamos el pueblo que más hemos emigrado; de lo que sí estoy seguro, es de que somos el que más impronta ha dejado fuera de sus fronteras”. Con esta declaración el profesor de la Universidad de Santiago de Compostela (USC) y miembro de la Real Academia Galega, Xosé Ramón Barreiro Fernández, arranca buena parte de sus ponencias sobre la historia contemporánea de Galicia. Y este espíritu, capaz de dejar tan claros los orígenes y la procedencia de sus paisanos desde un primer momento, se ha enraizado con fuerza en una de las principales actividades de la economía gallega: el mundo del mar.

Un simple paseo por el puerto de Las Palmas pone de manifiesto la presencia de marineros gallegos faenando lejos de casa. Dos grandes pintadas, una ensalzando la belleza de la patria gallega y otra haciendo alusión a Cangas do Morrazo, población marinera enclavada en el corazón de la ría de Vigo, dan fe de un sentimiento eminentemente gallego: la morriña de la que ya hablaba Rosalía de Castro.

Juan M. Freire, director ejecutivo de Freiremar

“Cuando mi padre constituyó el Grupo Freiremar -en la actualidad compuesto por 33 empresas- en Canarias en 1975, el puerto estaba integrado en la propia ciudad de Las Palmas. Pertenecía al barrio de La Isleta y los parroquianos se mezclaban con los marineros que arribaban y con las pequeñas empresas que explotaban los recursos del banco canario-sahariano”, explica Juan M. Freire, director ejecutivo de Freiremar e hijo del fundador. Pero, ¿de donde viene esa vinculación de la familia Freire al mundo del mar? “¿Hasta ahí tenemos que remontarnos? -comenta divertido Juan M. Freire-. Mi padre, Manuel Freire Veiga, queda huérfano a los 16 años. Como primogénito, mi abuela le pide que regrese de Monforte de Lemos (Lugo), donde estaba estudiando, al barrio vigués de Bouzas, con la obligación de hacerse cargo tanto de sus cinco hermanos como de la economía familiar. Después de sopesar varias opciones, todas ellas relacionadas con el mundo del mar, decide aprovechar ciertas participaciones que tenía mi abuelo en barcos de pesca y respaldado por su tío y por mi abuela se embarca, como tantos otros de la época, rumbo al sur”. En este sentido, el patriarca de la familia Freire siguió las mismas corrientes que el resto de pescadores españoles a mediados del siglo pasado. Durante esa época, los esfuerzos extractivos de las flotas se focalizaron en las aguas de Gran Sol, en el denominado Irish Box y, con el paso del tiempo, en el Golfo de Cádiz –especialmente, la captura de la gamba-. Es en esta última región donde se empezará a gestar el germen que años más tarde dará lugar al actual conglomerado de empresas del Grupo Freiremar.

El tiempo da la razón al emprendedor de la familia y tras faenar con éxito en las aguas de Cádiz, decide poner rumbo con sus naves hacia las aguas canarias a principios de los años 70. Los rumores sobre la existencia de importantes bancos de cefalópodos en sus cercanías actúan de cebo. No obstante, durante los primeros años en el archipiélago, el ya armador Manuel Freire Veiga concentra el esfuerzo de sus naves en el llamado pescado de escama.

La renovación de un arte
“Hasta 1975, mi padre era el titular de todas las operaciones en el seno de su pequeña empresita. A partir de esa fecha surge ya el Grupo Freiremar, dedicándose, como todas las firmas del sector de la época, a la extracción del pescado de escama, como la sama”. Su captura, paradójicamente, fue un hecho determinante en el desarrollo del pulpo en estas aguas del banco canario-sahariano, puesto que permitió el crecimiento y el desarrollo de este tipo de especies al haber mermado de forma considerable a sus principales predadores.

El pulpo, muy apreciado en la cocina española, cuenta también con una larga tradición culinaria dentro del mayor consumidor de pescado del mundo: Japón. De hecho, este país no dejó pasar la oportunidad y muy pronto entabló sólidos lazos comerciales con los armadores y grupos pesqueros de las Islas con el propósito de comenzar a importar de forma masiva el preciado animal. Juan M. Freire rememora una época de la que, a pesar de su juventud, ha oído hablar en innumerables ocasiones. No obstante, la empresa nunca vinculó su actividad extractiva exclusivamente al pulpo, los numerosos barcos de los que era armadora le permitía seguir diversificando parte de su oferta.

Al igual que ha sucedido con otras empresas del sector, como puede ser la atunera Ricardo Fuentes, la apertura hacia un socio comercial poderoso, con experiencia y conocedor del trabajo, determinó la aventura exportadora de la empresa. Según datos manejados por Freiremar, a finales de la década de los 70, la flota española exportaba cerca de 140.000 toneladas anuales de pulpo hacia Asia, con un precio medio de 500 de las antiguas pesetas el kilogramo. De la experiencia con los asiáticos, la firma adquirió un conocimiento y unas prácticas que, de alguna manera, han marcado el posterior desarrollo del Grupo Freiremar. “De los japoneses aprendimos de todo, admite Freire, desde reconocer qué pulpos presentan mayor calidad o la importancia de colocarlos en forma de flor una vez cocidos para asegurar su perfecto estado, hasta resolver dificultades con las instituciones financieras ante la falta de personal especializado en comercio exterior capaz de entender los procedimientos de un crédito documentario”.

Lejos ha quedado esta época dorada del comercio de cefalópodos con Japón, pero Freiremar, durante casi dos décadas, fue una de las empresas españolas más relacionadas con Japón.

Apuesta interior
La fuerte expansión en el mercado español de Freiremar a lo largo de los años 80 no se entiende sin los beneficios obtenidos gracias a la experiencia japonesa. No obstante, como reconoce Freire, “nuestra propia logística interna nos exigía buscar una salida a las ingentes cantidades de mercancía que nos proporcionaban los barcos de los que éramos armadores”. Es entonces cuando el Grupo apuesta por controlar la mayor parte de la cadena de distribución del producto desde que es capturado hasta, prácticamente, el consumidor final. “Nos propusimos como objetivo no depender de si un socio comercial en un merca nos iba a comprar un día una gran cantidad de pescado y al día siguiente nada. Apostamos por crear una red eficaz en la que el primer paso fue adquirir un puesto central de venta en el mercado de Barcelona y, a partir de ahí, expandirnos por el resto de la península”, explica el director ejecutivo. En la actualidad, el Grupo Freiremar cuenta con 14 delegaciones en 14 provincias, siendo la firma española que dispone de mayor número de establecimientos en los grandes mercas.

El gran número de capturas animó a Freiremar a dar lo que sería un paso definitivo dentro de su estrategia comercial: la apertura de factorías de producción. “Si se reflexiona, abrir nuestras propias fábricas para el control, procesado y distribución de nuestras capturas era un paso lógico: ¿Quién mejor que nosotros mismos como clientes directos de buena parte de las toneladas de pescado que capturaba nuestra flota?”, apunta Freire. En este sentido, los cambios en la sociedad española, presididos por la incorporación de la mujer al trabajo, las nuevas dinámicas laborales que restaban tiempo para las labores del hogar y la apertura de la cocina a manos inexpertas, eran un campo de cultivo óptimo para la propuesta de Freiremar: “Presentar un producto amigable, fácil de consumir, que salvaguarde los valores nutricionales del pescado tradicional”. Así, la compañía abrió su primera factoría de elaboración en Las Palmas y un poco más tarde en la ciudad olívica. “Estas fábricas nos obligan a tener pescado de forma continua y a no contar con depósito de mercancías”.

Esta iniciativa, implantada con éxito en España, se fue trasladando a aquellos mercados que el Grupo consideró esenciales para su desarrollo, como EE UU (Boston, Nueva York y Miami), Argentina y China. ¿El motivo de contar con este tipo de instalaciones? “Porque estos tres países o bien presentan un alto consumo interno o bien se encuentran en circunstancias idóneas para reexportar hacia terceros”, aclara Freire. El resto de plantas del grupo en el extranjero están localizadas en Canadá, Uruguay, Senegal, Sudáfrica, Mauritania y Marruecos.

Viento favorable
Séneca afirmó que “no hay viento favorable para el que no sabe adónde va”, situación por la que la empresa de la familia Freire parece no haber pasado nunca. ¿O sí? “La verdad es que mi padre siempre ha tenido muy clara cual es su función dentro de la compañía: él es fundador y armador. Para nosotros, es la pieza clave que sostiene a todas las demás. Las incorporaciones, de mi hermano como director comercial hace 14 años y la mía propia como director ejecutivo hace 16 años, aseguran que la saga familiar esté al frente y dan continuidad al negocio”. Un negocio que se esfuerza constantemente por afianzar sus raíces en todos los rincones del mundo: “En la actualidad, acudimos como expositores a las ferias organizadas por Seafood International en EE UU, Bélgica y China, además de CONSEMAR en Vigo. En estos encuentros, la compañía aumenta su visibilidad, se consiguen contactos y se percibe cómo respira este sector tan propenso a los cambios”, dictamina Freire.

En este sentido, la bandera tecnológica ha sido una de las grandes bazas de la firma en el exterior. Así, en los países en los que Freiremar se instala, porta consigo dos notables atractivos: su know-how y su experiencia en el mercado español de pescado, uno de los más grandes del mundo. Todo esto no sería posible sin la constante inversión en I+D, que ha situado a la compañía como pionera en el empleo sistemas de envasado que aseguren la calidad del producto durante dos semanas o nuevas técnicas para romper la dureza del tejido muscular del pulpo. Entre los próximos proyectos figura el lograr la reproducción del cefalópodo en cautividad. Tal y como afirma Juan M. Freire, “iniciativas en las que invertir siempre hay, no se puede hablar de una media, pues un año la cuantía puede alcanzar los 3 millones de euros y al siguiente estancarse en un millón porque la investigación esté tocando a su fin. Lo que está claro es que sin I+D no habría futuro para nosotros”.

Como empresa, Freiremar se ha integrado verticalmente: empezó su recorrido como armadora y hoy ya llega al consumidor final. Su apuesta de futuro se centra en dos campos vitales para la empresa: las posibilidades del canal HORECA y la opción de la acuicultura, que aun no estando entre las favoritas ronda la cabeza de la dirección. “Pescanova, una firma que para nosotros es referencia en el sector, se ha atrevido a dar el salto a pesar de las reticencias iniciales. Nosotros, exceptuando algunas inversiones puntuales, no nos hemos sumergido en el mundo de la acuicultura porque, a día de hoy, le vemos más inconvenientes que ventajas. No obstante, somos conscientes de que es cuestión de tiempo”, sentencia Freire.

Sin embargo, Freiremar no se desliga, ni con mucho, del mundo del mar. Hace apenas tres años, la compañía sufrió un proceso de reconversión de su flota que transformó sus 45 barcos de alcance medio a 32 barcos de gran altura, caracterizados por su alta tecnología y capaces de faenar en cualquier océano del mundo. No hay límites para esta empresa que reconoce sentirse en el agua como en su propia casa. ROSA ANTUÑA SIMÓN

La ficha
Nombre de la empresa: GRUPO FREIREMAR, S.A.
Año de constitución : 1974
Actividad: Elaboración, distribución y comercialización de pescado y marisco
Personal: 1.640 empleados (110 en la sede de Las Palmas)
Facturación 2006: 250 millones de euros
Cuota de exportación: 35%
Sede: Polígono Industrial Oeste
Av. de los Consignatarios s/n
35008 Las Palmas (Gran Canaria)
Telf.: 928 440 300
e-mail: operadora@freiremar.es
Web: www.freiremar.es