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Hay marcha en Nueva York |
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La historia transmite la idea de cultura gastronómica, de tradición y de producto casi artesanal. Una vez que el consumidor ha decidido que el producto es tan exclusivo que merece la pena pagar por él no puede sentirse defraudado: cuando lo consuma, el sabor, y por tanto la calidad, debe estar a la altura de las expectativas creadas.
Prácticamente cualquier producto puede tener futuro en esta ciudad. “Tenemos a la venta cualquier alimento, da igual el sitio donde éste sea producido, siempre que se pueda importar legalmente en los EEUU”, afirma Steven Jenkins, dueño-fundador de la cadena de supermercados gourmet Fairway. Steven sólo hace una excepción a este ofrecimiento: el jamón ibérico. ¿Problemas de armonización entre la legislación estadounidense y la española? Pues, alguno hay, aunque no insalvable. Habrá que esperar a que las autoridades de ambos países lleguen a un acuerdo de homologación, como ya existe para el jamón serrano y para los embutidos. Estados Unidos es un país muy preocupado por la salud alimentaria y dispone de una normativa muy estricta para la industria cárnica. Si tomamos el caso de los embutidos, aunque los mataderos españoles pueden homologar sus productos a través del Departamento de Agricultura, es habitual encontrar en las tiendas gourmet chorizo de Pamplona, chorizo de Cantimpalo, butifarra o sobrasada de Mallorca elaborados íntegramente en EEUU por empresas locales basándose en los métodos españoles. Aunque compañeros de penas de los embutidos, por su pertenencia al grupo de los productos cárnicos, jamones serranos e ibéricos se sientan a menudo en una mesa apartada para llorar un problema que sólo les afecta a ellos: en EEUU no hay cultura de comer jamón curado.
“A los neoyorquinos les gusta la novedad y ahora la novedad en materia de cocina es lo que viene de España”, matiza Alberto Solís, director de la consultora de marketing Solis & Associates.
Por lo tanto, el primer lugar que tendrá que visitar el exportador español que quiera ver un producto suyo en el mercado neoyorquino son los estantes de las tiendas gourmet de la ciudad. Sólo así podrá saber si su producto, sea nuevo no, tiene cabida en este mercado. Después llegará el momento de convencer a algún importador estadounidense de que le interesa el producto y para eso nada mejor que dejarse caer por Fancy Food, la feria que visitan en busca de novedades los importadores, distribuidores y chefs del país. ¿Tenemos ya importador o distribuidor? Bien, pues el siguiente paso será adaptar el producto al mercado estadounidense:
Tras el nombre viene el envase y el diseño del envase. En EEUU todo tiene que estar pensado para hacerle a uno la vida más fácil y para ahorrarle tiempo. “Una caja resistente transmite la sensación de que protege el interior”, apunta Michele Búster, dueña de la importadora de quesos Forever Cheese Inc. “A veces el diseño desmerece de la calidad del contenido. Un exportador debe esmerarse en el diseño del producto al máximo: es un error dar a un producto gourmet una apariencia de producto de supermercado. Algunos de los diseños que nos proponen son excesivamente regionales, no se entienden en EEUU, carecen de elegancia y denotan falta de creatividad”, afirma Michele. “En EEUU el envase responde al 80% de la venta. La primera vez que alguien compra un producto lo hace movido por el envase. Por ello tiene que reflejar la historia y la tradición que se esconde tras él. Lo comprará una segunda vez si la calidad lo ha convencido”, concluye Betsy Power. El reto es conseguir un equilibrio entre esa elegancia de la que habla Michele y la fidelidad a lo que España representa.
Paciencia aquí significa de 2 a 3 años para que el producto empiece a estar presente en las estanterías; perseverancia, que en ese tiempo uno no se puede quedar quieto. Al consumidor le convencerá tarde o temprano el sabor, pero primero tendrá que probarlo, aunque todavía antes tendrá que sentir que es necesario perder un poco de su tiempo en hacerlo. La educación es absolutamente fundamental, sobre todo teniendo en cuenta al cliente potencial: “El consumidor neoyorquino de productos gourmet es una mujer con estudios universitarios, profesional o ama de casa y madre de niños que ya han superado los 15 años de edad; parejas sin niños y, en general, personas que tienen más de 40 años y un salario bruto anual de 50.000 dólares”, asegura Jeffrey Shaw.
Para conseguirlo, unos folletos u octavillas de atractivo diseño son el mejor medio. El toque de Betsy Power es asociar el producto a algo que se utilice ya habitualmente. Michele Búster aconseja colaborar con su socio, importador o distribuidor a la hora de hacer degustaciones y no hacerlo con la cadena directamente, pues esto último lleva a una pérdida del control sobre el producto. Otro canal que hay que trabajar es el horeca (hostelería, restauración y catering ). “Cuando el consumidor utiliza un producto es cuando lo ve en un menú”, dice Alberto Solís. “El reto es que el consumidor se entere de qué está comiendo”, matiza Jeffrey Shaw, “y eso requiere una labor de marketing para que los mismos chefs tengan interés en decir qué han utilizado para elaborar sus recetas. Muchos de estos chefs acuden a la feria Fancy Food, pero hay otra forma de llegar a ellos: la empresa puede acercarse a las escuelas de cocina”.
(En la versión en papel de El Exportador puede consultarse un recuadro sobre la distribución de los establecimientos gourmet en Nueva York en las págs. 78 y 79, y otro sobre los productos españoles con más proyección en el mercado neoyorquino en las págs. 74 y 75.)
EXPO COMIDA LATINA
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