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>> Un toque especial
Novelda, 1919. Jesús Navarro Jover, siguiendo la estela
marcada por sus coetáneos novelderos, decide probar suerte
en el negocio del azafrán. Desde finales del siglo XIX
el comercio del azafrán constituía una de las pocas
vías de subsistencia de esta región de escasos recursos
económicos por aquel entonces. La dinámica: se adquiría
en diferentes comarcas de La Mancha y se vendía en el Extremo
Oriente. Jesús Navarro Jover va más allá
y decide diferenciarse de sus vecinos comercializando dicha especia
por toda España. Y no se paró aquí: con el
objetivo de distinguir el producto y fidelizar a los clientes
crea la marca Carmencita, manteniendo un sistema de abastecimiento
regular a las tiendas.
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Jesús Navarro Valero,
Jesús Navarro Alberola y
Jesús Navarro Navarro
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Novelda, 2002.
Jesús Navarro Valero preside una compañía
con sólidos canales de distribución, en donde además
del azafrán tienen cabida otras especias, postres y pastelería
casera, conservas vegetales e infusiones naturales, lo que les
ha permitido introducirse en nuevos sectores de la alimentación.
Y con Carmencita ahora convive Mandarín, Amalur y Siesta.
Así pues, aquella iniciativa de su padre se ha convertido
hoy en Proaliment - Jesús Navarro, una firma consolidada
en el panorama internacional que factura más de 36 millones
de euros. La continuidad está asegurada: Jesús Navarro
Navarro y Jesús Navarro Alberola, actuales consejero delegado
y director general respectivamente, ya están definiendo
la estrategia de futuro.
Más
de 80 años han transcurrido entre ambas fechas, ¿cuál
ha sido la clave de esta evolución? Para Jesús Navarro
Valero es, sin duda, el nacimiento de la marca Carmencita. "Se
podría decir que mi padre fue un precursor en España
del uso del marketing en la empresa, al darse cuenta del poder
de la marca para fidelizar a los consumidores. Yo siempre digo
que Carmencita nos ha llevado en volandas".
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Marcas de siempre, productos de hoy
La historia de Proaliment - Jesús Navarro está marcada
por la iniciativa personal en un entorno difícil. Como
en muchas otras regiones españolas, Novelda en los años
veinte era una comarca pobre, cuyos habitantes se tenían
que buscar la vida fuera de sus fronteras. Los novelderos siempre
aprovecharon las oportunidades que surgían: así
cuando la filoxera asoló los viñedos franceses a
finales del siglo XIX, allí estaban ellos para comercializar
los vinos de La Mancha o Jumilla. El contacto en Marsella con
los comerciantes de especias que venían de la India, les
hizo ver que podían ganar dinero vendiéndoles el
azafrán que se producía en España. Jesús
Navarro Jover crece en este ambiente, cuando está en boga
el negocio del azafrán y, como es bien sabido, eran años
en los que si a un vecino le iban bien las cosas, el resto trataba
de imitarle.
Así,
Jesús Navarro Jover inició su andadura empresarial,
bajo la denominación social de Jesús Navarro Jover,
envasando en carteritas de papel 90 miligramos de azafrán,
que eran confeccionadas artesanalmente en casa, al principio por
su esposa, y repartidas por él mismo o utilizando el paquete
postal. Pronto se dio cuenta de que hacía falta algo más
que el esfuerzo personal para conseguir que su producto estuviese
siempre en los estantes de las tiendas. Había que ayudar
a los comerciantes a tener una rápida reposición
y a los consumidores a identificar aquel azafrán que tanto
le había gustado. Así las carteritas empiezan a
llevar grabadas la marca Carmencita, representada por la imagen
de una niña con un lazo en el pelo.
"En realidad,
se utilizó una fotografía de mi hermana Carmen como
elemento gráfico del anverso, mientras que en el reverso
llevaba impreso el nombre comercial registrado -Jesús Navarro
Jover-, el teléfono y la dirección para que el tendero
pudiera hacer el pedido antes de que se le terminase el azafrán,
previendo que tardaría de 10 a 15 días como mínimo
en recibirlo", recuerda el actual presidente de la compañía,
quien sitúa a finales de la década de los años
veinte la única modificación que ha sufrido en su
imagen la marca Carmencita. "Se la colocó un sombrero
cordobés y un mantón de Manila para beneficiarse
de la simpatía que despertaban los andaluces", apunta.
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