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Las
medidas adoptadas para frenar la grave crisis económica desatada
en 1997 han puesto las bases para crear una economía más estable
y competitiva.
Difícilmente
podían imaginarse las tribus esteparias de Asia Central
que fueron asentándose en Siberia y la península
de Corea que muchos siglos después sus descendientes, los
actuales coreanos, serían los protagonistas de un milagro
económico en el segundo milenio que permitiría que,
en un corto espacio de tiempo (tan sólo una generación),
Corea del Sur llegara a alcanzar una renta por habitante de 10.500
dólares (en 1996) lo que situaba al país en el puesto
11 del ranking mundial por este concepto, inmediatamente
detrás de España.
En
esos años, Corea del Sur pasó a ser uno de los tigres
asiáticos y se convirtió en el quinto productor mundial
de coches y el segundo de barcos y semiconductores.
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El tigre domesticado
Un pilar fundamental de ese crecimiento fueron los grandes grupos
industriales coreanos, los llamados chaebols, que abarcan
muchos sectores distintos y que crearon excelentes relaciones
con las instituciones financieras y los sucesivos gobiernos militares.
Para lograrlo
se puso en marcha una política económica de sustitución
de importaciones, reforzada con la protección del mercado
interno mediante barreras arancelarias y no arancelarias, y se
apoyaron decididamente las actividades productivas ligadas a la
exportación mediante créditos a muy bajo interés.
Así se intensificó el proceso de acumulación
que dio lugar a las grandes compañías surcoreanas.
En la década
de los 90, la creciente internacionalización de la industria
coreana, con la dependencia de los mercados exteriores que llevaba
consigo, puso de relieve los problemas estructurales de este modelo
de desarrollo que, unido a otra circunstancias, condujo a la crisis
de 1997.
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Entrando en vereda
Para hacer frente a la crisis, Corea del Sur tuvo que recurrir
primero de forma bilateral a los Estados Unidos y Japón,
y más tarde al Fondo Monetario Internacional (FMI), con
quien alcanzó un acuerdo por valor de más de 58.000
millones de dólares. A cambio de la ayuda concedida, el
FMI impuso unas directrices de ajuste estructural, cuyo núcleo
consistió en una política monetaria y fiscal restrictivas,
en la reestructuración del sector financiero, la liberalización
del comercio y el mercado de capitales y en la reestructuración
del sector productivo y de los chaebols.
El crecimiento
del PIB en 1999 fue del 10,7%, mientras que la inflación
se redujo al 0,8%, las importaciones aumentaron un 29% y la renta
per cápita volvió a superar los 8.500 dólares.
La recuperación continuó durante 2000, aunque con
un incremento medio comparativamente más moderado (cerca
del 9%), según los datos provisionales del Banco de Corea.
En el plano exterior, el país ha presentado una balanza
comercial con superávit desde que se superó la crisis,
con un saldo positivo de unos 86.000 millones de dólares
entre 1998 y 2000. A lo largo de los tres últimos años
se ha confirmado también la creciente apertura de la economía
surcoreana al exterior y el aumento de la inversión extranjera.
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