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Historia
de distinción |
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Alberto es la séptima generación de una familia cuya actividad en el sector textil está registrada por escrito desde 1770: “En este camino tan largo, hemos pasado momentos de gran esplendor y otros de terribles crisis. Pero siempre hemos sabido encauzar las situaciones y hacer las reformas necesarias para combinar tradición y el uso de técnicas modernas”. Y esto es algo que todo aquel que visite Rafael Catalá sabrá apreciar: en sus instalaciones productivas la más moderna maquinaria textil se alterna con telares de madera del siglo XIX, que son usados para realizar espolines (tejidos de seda con estampados de flores en hilos de plata y oro); en sus almacenes podemos encontrar ricas telas hechas con fibras de rayón y seda destinadas a la decoración y espolines destinados a trajes regionales valencianos y de novia; y en sus archivos de retales de seda y documentos de utillaje hay un tesoro histórico sobre la industria textil europea de los siglos XVIII, XIX y XX.
En torno a 1770 Josép Catalá crea un taller de hilaturas y tejedurías de seda en el ámbito de la industria sedera valenciana, que ya era sólo un reflejo mínimo del esplendor que ésta vivió durante la Baja Edad Media. “En aquella época Rafael Catalá fabricaba tejidos de seda que eran vendidos en todas las regiones del antiguo Reino de Aragón y se empezaron a confeccionar pañuelos muy primorosos que, con el tiempo, se comercializarían en el gran centro sedero francés de la época, Lyon”. El gran período de esplendor de Rafael Catalá fue el siglo XIX: “Nuestro principal cliente era el alto clero, que nos demandaba casullas, capas pluviales, etc. de una gran riqueza ornamental. También fabricábamos muchas capas y fue durante este siglo cuando cimentamos un gran prestigio que se mantuvo hasta 1936”. El primer tercio del siglo XX se caracterizó por la fabricación de capas destinadas a Tetuán, antiguo puerto en la Ruta de la Seda y uno de los grandes centros de distribución sedera en el norte de África. En todo este tiempo este negocio familiar contó con un factor clave para su mantenimiento: “Durante cinco generaciones la descendencia familiar consistía tan sólo en un hijo varón al que se le ponía de nombre Rafael. Este hecho tan excepcional se rompió con mi padre, que tuvo tres hijos de los cuales sólo yo he seguido con el negocio”. El estallido de la Guerra Civil en 1936 supuso un punto de inflexión en Rafael Catalá, que tuvo que destinar parte de su producción a las necesidades bélicas del ejército republicano, fabricando telas para paracaídas. Tras el conflicto, la empresa volvió a la normalidad, después de un breve período de inactividad. Sin embargo, abandonó la confección artesanal y exclusiva de tejidos de seda y se pasó a una producción más industrial que, con la crisis del petróleo en los años 70 empezó a sufrir una fuerte reestructuración: en aquel momento sólo los más fuertes podían sobrevivir y Rafael Catalá optó por volver a la exclusividad en los años 80. “Estábamos viviendo un momento clave para asumir este giro de 180 grados, porque todavía contábamos con trabajadores que se habían formado durante su juventud en el uso de antiguos telares para la seda y fue así como empezamos a marcar un paso que es el que seguimos en la actualidad: dirigirnos al mundo de la alta decoración y la alta costura”. Así, las más modernas tecnologías se alternaron con la maquinaria decimonónica.
Pero lo apuntado arriba son las conclusiones de un proceso donde interviene multitud de factores que, en una sinergia final, hacen de Rafael Catalá no sólo una empresa histórica sino también una firma que mira al futuro con confianza. Entre estos factores, destacan, en primer lugar, la exclusividad y el refinamiento: “Nuestros clientes acuden a la fabrica y se reúnen con nosotros para darnos propuestas e ideas exclusivas y nuestro equipo de I+D+i se encarga de realizar diseños que se ajusten en lo posible a estas propuestas. Para conseguir que estos grandes clientes nos tengan en cuenta es fundamental que comprueben que sabemos conjugar las más modernas tecnologías con las técnicas de bordado más refinadas y tradicionales”. En un segundo lugar, tiene una importancia fundamental la formación profesional: “Muchos de nuestros competidores han desaparecido por la falta de profesionales cualificados. Nosotros formamos a nuestros empleados desde el principio en una carrera profesional que dura varios años. El manejo de una máquina moderna requiere tan sólo 6 meses de aprendizaje y el de los telares artesanales hasta seis años. Por lo tanto, nuestra plantilla tiene un valor enorme en cuanto a formación”. En tercer lugar, hay que señalar al departamento de I+D+i: “Contamos con 9 personas en este departamento, algo inusual en una firma con tan sólo 80 trabajadores”. En este departamento hay dos técnicos y 7 creativos. Por un lado, cada creativo está especializado en áreas muy concretas, como tejidos o estampados y está continuamente estudiando las tendencias en arquitectura, pintura y estudiando archivos sobre tejedurías con el fin de asimilar todo esto y sacar nuevas colecciones. En cuanto a los técnicos, éstos realizan modificaciones sobre la maquinaria, con el fin de adaptarla a las necesidades propias de la firma: “Hemos creado máquinas capaces de ejecutar distintos tipos de tejidos o hemos realizado modificaciones que después la propia firma creadora de la maquina ha incorporado en las versiones posteriores de la misma”. En cuarto lugar, es muy importante el trabajo en equipo: “Yo, actualmente, dedico gran parte de mi gestión a fomentar la comunicación interna en encuentros informales como en comidas y fiestas o en unas reuniones formales. Considero que es fundamental que se produzcan encuentros entre mandos intermedios y operarios y que todos expongan sus experiencias e ideas en sus áreas para que todos seamos partícipes de ellas”. Y, finalmente, otra de sus bazas esenciales es la calidad de los materiales, nutriéndose, por ejemplo, de seda china y algodón egipcio.
Si bien Rafael Catalá vendía sus productos en Francia y Norte de África entre finales del siglo XVIII y principios del XX y obtuvo reconocimientos internacionales en la génesis de las grandes ferias del sector, como fue en las de EEUU durante los años 20, entre 1945 y 1980 se produjo una parada en su actividad exportadora. “Fueron los efectos de la crisis del petróleo durante los años 70 los que nos motivaron a salir a los mercados internacionales. Habíamos pasado de 350 trabajadores antes de la Guerra Civil a contar con tan sólo 20 y estábamos próximos a desaparecer como empresa. Fueron años durísimos que a mí me sirvieron para adquirir una formación excepcional, ya que tuve que desempeñar todo tipo de tareas en gestión, diseño, marketing, exportaciones, etc. Recuerdo que en aquellos años optamos por Decosit en Bruselas. Quizás lo que recuerdo con más satisfacción es como en aquellos momentos éramos la única empresa española o, como mucho, estábamos acompañados por dos o tres más. Hoy día, las firmas textiles españolas somos uno de los grupos más numerosos en estos certámenes”. El año 1988 fue un hito importante en la empresa, ya que creó su filial estadounidense Place Vendôme, ubicada en Nueva Jersey y dedicada a vender sus productos al mercado de la decoración, que en este país tiene su centro más importante en Nueva York: “Esta filial fue para nosotros un motivo de orgullo, porque era una época en la que ni siquiera se intuía el actual proceso de inversiones de las pyme españolas en los mercados exteriores”.
La logística es un problema hoy superado, pero que a principios de los años 80 suponía la imposibilidad de llegar a algunos mercados importantes: “En estos momentos, la logística en la UE posibilita enviar cualquier cantidad de productos con unos niveles de seguridad y unos precios muy aceptables. Ha sido este proceso de desarrollo y de concentración lo que nos ha posibilitado en gran medida llegar a nuestra situación actual”. Finalmente, otro de los grandes retos que ha tenido que asumir Rafael Catalá ha sido el de la creciente concentración de los grandes distribuidores: “Hasta ahora nuestra arma fundamental para competir es la exclusividad. Pero tenemos muy claro que para conseguir la supervivencia de la empresa en el futuro debemos establecer sinergias con otras empresas del sector”.
Rafael Catalá, por tanto, entra en su cuarto siglo con una vitalidad y flexibilidad envidiables, nacidas de un refinamiento y un know how de cientos de años. JOSÉ GUTIÉRREZ FERNÁNDEZ
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