N.53
Mayo 2002
 
 





     
Contexto económico  
  Su paso por ...  
  Perspectivas  

 

"Estoy convencido de que las soluciones de nuestros problemas, nacionales y europeos, pasan por más Europa y no por una marcha atrás respecto a lo ya conseguido"

 

 

  CONTEXTO ECONÓMICO  
 

España-Europa: una reflexión personal

  España en el escenario internacional, veinte años después

>> Europa como ambición
Me resulta especialmente grato participar en este número especial de la revista El Exportador que conmemora la creación del ICEX. Lo haré con unas reflexiones personales sobre España y Europa. Pretendo simplemente recopilar cómo percibí este período. Ni los miradores desde los que contemplé fueron siempre los mismos ni mi visión es global por lo que mi interpretación será parcial y en algunos casos incompleta.

A finales del año 1975, en el momento de la muerte de Franco, nuestras relaciones con Europa se basaban en el Acuerdo de 1970. Al mismo se llegó tras un largo período de espera. La naturaleza del régimen franquista solo permitió la conclusión de un acuerdo comercial de contenido limitado. Incluía, básicamente, ventajas arancelarias para nuestros productos industriales y concesiones menores en el sector agrario.

Tras la instauración de la monarquía, el Acuerdo comercial no respondía a nuestras ambiciones. España ya no estaba interesada en un acuerdo meramente comercial, sino que aspiraba a la adhesión. Sin embargo, la Comunidad fue poco sensible a nuestra petición. Los argumentos de fondo no se exponían de forma explícita. Con independencia de los problemas técnicos, la satisfacción de nuestros deseos seguía condicionada a que en España se culminara el cambio político.

Sólo con la aprobación de la Constitución, en 1978, desaparecerán los obstáculos políticos para nuestra integración y sólo tras el cambio de gobierno en las elecciones de 1982, Europa obtuvo la prueba de la culminación del cambio democrático. La adhesión a la Comunidad se convirtió en la prioridad absoluta. Pero restaba una serie de complicadas negociaciones técnicas sobre los recursos financieros para la continuidad de la PAC y decisiones políticas clave en materia de defensa, antes de que los escollos básicos para la finalización de la negociación fueran superados.

Sólo a principios de 1985 se dieron las condiciones para una negociación rápida que permitiese que la ampliación tuviera lugar el 1 de enero de 1986. En ese momento ya se sabía que la integración agrícola española no se produciría por fases, que existirían productos sensibles de una y otra parte con períodos de transición más largos y que la aproximación de algunos de nuestros precios agrarios sería más lenta para hacer más asequible su coste financiero. Se había pactado ya el período transitorio en la industria, el tratamiento a la siderurgia, la armonización fiscal y la aplicación del IVA desde la adhesión.

El Acuerdo, como todo el mundo conoce, se firmó en junio de 1985. Del mismo se criticaron algunos aspectos, olvidando lo fundamental: su contenido sólo regulaba los períodos transitorios y lo esencial era entrar.

>> Europa como realidad
Desde el primero de enero de 1986 España vio cumplido su sueño de ser miembro de la Comunidad Europea, en un momento en el que ya empezaba a cambiar su naturaleza. Entre 1986 y 1996 se produce el mayor cambio histórico de la integración europea. Cambió el contenido material de la Unión y su ámbito geográfico y se inició la transformación que era consecuencia del fin de la división de Europa.

El nuevo reto era avanzar desde el mercado común al mercado único. Firmado el Tratado de Adhesión, nuestro país se incorporó a la conferencia intergubernamental (CIG) que, lanzada por la Cumbre de Milán, negociaba lo que sería el Acta Única. España definió ya entonces algunas líneas que serían una constante de nuestra política europea durante esta década: apoyamos las reformas institucionales que reforzaban el proceso de integración, la puesta en marcha de un sistema aún embrionario de cooperación política, la introducción de una verdadera política de cohesión, mayores actuaciones en política social y la introducción progresiva de una unión monetaria, basada todavía en la idea de una moneda común.

Desde el momento inicial y sobre la base de una declaración aneja al Tratado de Adhesión, España intentó poner en marcha una política de cooperación con América Latina. Se creó una Dirección de América Latina en la Comisión y se atribuyó a esta política una línea presupuestaria propia.

En el primer semestre de 1989 le correspondió a España ejercer, por primera vez, la presidencia de la Comunidad. En la Cumbre de Madrid los objetivos conseguidos fueron apreciables: se avanzó en la libre circulación de personas sobre la base del documento denominado de Palma de Mallorca, se aprobó, sin la participación del Reino Unido, una carta comunitaria de derechos sociales fundamentales, se impulsó el proceso de paz en Oriente Medio y las relaciones con América Latina y se acordó, con el voto a favor de la señora Thatcher, lanzar el proceso para establecer una unión económica y monetaria tomando como base el informe del Comité Delors. No es de extrañar que en ese momento de clara apuesta por Europa el Gobierno tomara la decisión de incorporar la peseta al Sistema Monetario Europeo (SME).

La primera presidencia española puede decirse que fue la última normal de la antigua Comunidad. El proceso de desintegración de la Europa del Este culminó con la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989. La presidencia que nos sucedió, la francesa, ya se vió afectada por este importante hecho. A partir de ese momento, nada será igual en Europa.

La primera iniciativa para hacer frente al nuevo reto correspondió al presidente del Gobierno español, Felipe Gónzalez, quien solicitó del Presidente Mitterrand convocar un Consejo Europeo Extraordinario para tomar posición ante el cambio histórico que se acababa de producir. El Consejo de París apoyó la reunificación y remitió los detalles a la Cumbre de Estrasburgo convocada para algunas semanas más tarde. La actuación española fue la correcta. Retrasar el proceso no hubiera llevado a resultados distintos, hubiera hecho más difícil la reunificación y puesto en riesgo la propia integración europea.

El año 1990 se recordará en la historia de la Comunidad por el lanzamiento, en Roma, del proceso de negociación del Tratado de Maastricht, mediante dos CIG que avanzarían en paralelo. La primera dedicada a los asuntos de carácter no económico, la segunda centrada exclusivamente en la UEM. Nuestro país, además, seguía con sus esfuerzos para cumplir con nuestros compromisos de mayor integración. En 1991, en el mes de junio, nos adherimos al acuerdo de Schengen, mostrando con ello nuestra voluntad de apostar a favor de una Europa con libre circulación de personas.

El Tratado de Maastricht constituye un paso decisivo en el proceso de integración europea. España fue favorable a la constitución de una Unión Europea que sustituyera a la Comunidad, a un mayor desarrollo de la cooperación política, consecuencia lógica del proceso de democratización del Este europeo, y a la incorporación de un tercer pilar, con los asuntos de justicia e interior de acuerdo con nuestra vieja demanda de creación de un espacio judicial y policial común que permitiese, entre otros temas, una eficaz lucha contra el terrorismo. Pero nuestras aportaciones fundamentales se centraron en la introducción de la idea de la ciudadanía comunitaria, culminando el esfuerzo que se venía realizando desde 1989 para generar el sentimiento de pertenencia más visible a una Europa común, la inclusión de un defensor del pueblo y la consolidación de la política de cohesión ya recogida en el Acta Única.

En Maastricht se pactó un modelo de integración comunitaria más complejo y ambicioso que el incluido en el Tratado de Roma, pero no se debatió sobre las reformas institucionales necesarias para una ampliación que ya se estaba negociando y otras que ya se pergeñaban en el futuro.

En mi opinión, el elemento clave de la Cumbre de Madrid, que tuvo lugar durante la segunda presidencia española, fue la decisión del paso a la tercera fase de la Unión Monetaria. Los resultados respondieron a las expectativas: se decidió, entre otros temas, el nombre de la nueva moneda, las fases necesarias y su contenido para llegar a la misma el 1 de enero de 1999, la relación de cambio entre el ecu y el euro y el principio de un pacto de estabilidad.

El debate institucional se llevaría a cabo en los meses siguientes y culminaría, en una primera etapa, en la Cumbre de Amsterdam en junio de 1997. Para España el debate fundamental giraba en torno a la reforma institucional (generalizar la utilización de la mayoría cualificada, ponderación de votos en el Consejo y número de Comisarios) y preocupaban las cooperaciones reforzadas, es decir que un grupo de países pudiera avanzar más en la integración.

Amsterdam resultó un Tratado poco satisfactorio. Algunos países (Bélgica, Italia, Francia) pero también el Parlamento y la Comisión consideraron lo pactado insuficiente. Había que intentar una reforma más ambiciosa, ir más lejos que los denominados left-overs o asuntos pendientes de Amsterdam (las mayorías cualificadas, la composición de la Comisión y la reponderación de votos en el Consejo).

Entre los dos momentos de la negociación institucional, Amsterdam y Niza, se produce un claro deterioro en las relaciones entre la Comisión y el Parlamento. El momento crítico se alcanzó, a principios de 1999, cuando la Comisión Santer tuvo que dimitir. La traslación al Parlamento Europeo de las confrontaciones políticas nacionales explican parte de lo sucedido. Por otra parte, la Comisión no contó con un apoyo adecuado de los estados miembros. Recomponer la relación entre Comisión y Consejo no es tarea fácil y en todo caso ha supuesto un debilitamiento del modelo comunitario.

La nueva CIG se negocia ya con la Comisión Prodi y se lleva a cabo fundamentalmente durante la presidencia francesa, en el segundo semestre del año 2000, culminando con el denominado Tratado de Niza. Como era inevitable el mismo avanza más en los "asuntos pendientes de Amsterdam", pero no resuelve esos tres puntos de forma definitiva.

De acuerdo con las conclusiones, España, en el ámbito institucional mejora la posición relativa en cuanto a votos en el Consejo sin llegar a conseguir el estatus de los grandes países. Perdemos, en cambio, un comisario, como todos los países que tenían dos, y reducimos el número de representantes en el Parlamento Europeo. Pese a nuestras reticencias iniciales, aceptamos las cooperaciones reforzadas, lo que resulta coherente con una Unión mucho más numerosa, y se ha mostrado flexibilidad en el paso de unanimidad a mayoría cualificada en temas hasta ahora relevantes para nosotros -fondos de cohesión- pero con menor interés en el futuro.

La gran crítica que se puede hacer a Niza, semejante a la que se hizo a Amsterdam, es que se ha hablado mucho del poder relativo de los países y poco del proceso de construcción europea. Planea, además, la duda de si los resultados obtenidos, aceptables en el límite por los estados miembros, serán suficientes para resolver los problemas suscitados por la ampliación.

España siempre mantuvo una posición favorable a la ampliación aunque con cierta preocupación por la incoherencia de algunas decisiones. Consideró que era difícil llevar a cabo la operación sin coste financiero adicional y que era imprescindible buscar una solución al modelo institucional para evitar que el aumento del número de pequeños países modifique el actual equilibrio institucional.

>> Conclusiones
A lo largo de estos años nuestro país ha tenido que hacer frente a tres retos de dimensión desigual: el primero, negociar y adaptar nuestro sistema normativo y económico al comunitario; segundo, ya miembros de la Comunidad, participar en los avances del proceso integrador (mercado único, moneda única, nuevo modelo de la Unión) y en tercer lugar, participar en la búsqueda de soluciones para los nuevos retos que se plantean como consecuencia, por una parte, del proceso de globalización, y, por otra, de los cambios políticos que tienen lugar en Europa.

Es difícil hacer un pronóstico sobre la evolución de la Unión Europea en los próximos años, pero indiscutiblemente será muy diferente de la actual. El número de sus miembros, pero también sus intereses y pautas de comportamiento, condicionarán el diseño futuro.

Nada nos permite predecir que el papel de España deba ser inferior, tampoco lo contrario. Frente a las voces de alerta que escucho sobre la ampliación, mi respuesta es bien sencilla: el contexto será diferente y será necesario adaptarse a él, transformando retos en oportunidades, políticas y económicas.

La pertenencia de España como socio de pleno derecho desde 1986, del proyecto europeo nos ha permitido jugar un papel destacado, superior en ocasiones a los meros fundamentos estadísticos de nuestro peso específico. Pero esa posición, estuvo siempre anclada en dos condiciones: nuestra capacidad para presentar propuestas creativas de cara a la resolución de los problemas y a la definición del modelo europeo; y nuestro apoyo básico al procedimiento comunitario como eje del funcionamiento de la Unión en función de nuestros propios intereses como país.

Al actual y a los sucesivos gobiernos de España, les corresponde la noble y difícil tarea de mantener y, si es posible, mejorar la posición de España en el seno de la Unión. En todo caso estoy convencido de que las soluciones a nuestros problemas, nacionales y europeos, pasan por más Europa y no por una marcha atrás respecto a lo ya conseguido. Nuestra opción deberá ser española al tiempo que europea.

PEDRO SOLBES MIRA
MIEMBRO DE LA COMISIÓN EUROPEA, RESPONSABLE ASUNTOS ECONÓMICOS Y MONETARIOS