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AGENTE 2008, CON LICENCIA PARA COMPETIR
Informarse, procesar, decidir
Autoridades en inteligencia competitiva


Inteligencia competitiva, inteligencia económica, vigilancia tecnológica, inteligencia de negocio, inteligencia del competidor, inteligencia empresarial, inteligencia comercial, vigilancia estratégica... Todos son términos relacionados y difíciles de deslindar por los propios expertos, que los utilizan con frecuencia de forma indistinta.

En 1996 los estadounidenses Gibbons y Prescott propusieron esta definición: “Es el proceso de obtención, análisis, interpretación y difusión de información de valor estratégico sobre la industria y los competidores, que se transmite a los responsables de la toma de decisiones en el momento oportuno”.

La IC no es un análisis del mercado, sino que constituye una verdadera investigación, con los siguientes objetivos, entre otros:

  • Identificar a los nuevos competidores procedentes de otras áreas geográficas o de sectores distintos al que pertenece la empresa en cuestión; analizar a los competidores evaluando los impactos derivados de sus comportamientos.

  • Examinar las oportunidades económicas propiciadas por la creación de nuevos mercados.

  • Verificar los cambios producidos en el entorno y que afectan directa o indirectamente a la empresa.

  • Detectar nuevas tecnologías con un gran futuro debido al impacto que producirán en el sistema productivo.

  • Estudiar la nueva legislación así como evaluar su influencia en el desarrollo de la actividad empresarial.

La vigilancia tecnológica
Una de las cosas que más sorprenden al acercarse a los distintos términos enumerados al principio es la gran importancia que se da a la tecnología y su seguimiento, de donde parece deducirse en ocasiones la preponderancia del término vigilancia tecnológica sobre los demás.

Con la vigilancia tecnológica se consigue:

  • Alertar acerca de posibles amenazas con repercusión en el mercado de la empresa desde sectores distintos a ella.

  • Ayudar a la decisión sobre la inversión en unos programas de investigación y el abandono de otros.

  • Facilitar la incorporación de nuevas tecnologías en los propios productos y procesos.

  • Encontrar socios adecuados para desarrollar proyectos conjuntos de I+D+i, etc.

En un mundo cada vez más globalizado, la vigilancia del entorno aparece como una actividad esencial para cualquier empresa, pero especialmente para aquellas en proceso de internacionalización. Esto es debido a la complejidad cada vez mayor de los procesos de innovación, que se manifiesta en la renovación constante del conocimiento y en la gran variedad de disciplinas relevantes que hay que tener en cuenta para desarrollar la actividad de I+D+i.

La IC y las empresas españolas
La inversión española en I+D se encuentra todavía muy lejos de la media de la UE, el 1,16% del PIB frente al 1,84% de promedio comunitario.

Con una media de 3.000 patentes registradas anualmente en España, menos de la cuarta parte que las de muchos de nuestros socios comunitarios, no es de extrañar que tanto la actividad tecnológica como la IC tengan aún un amplio camino por recorrer en nuestro país. Especialmente la segunda se encuentra todavía en una fase incipiente. Salvo honrosas excepciones (principalmente los sectores farmacéutico y petroquímico) ha existido hasta ahora un notable desconocimiento sobre el potencial de la vigilancia tecnológica y la IC.

Desde el primer momento debe desterrarse la idea de que estas técnicas son solo útiles o posibles de llevar a la práctica por grandes empresas con elevados recursos. Estas funciones son inherentes a cualquier tipo de organización empresarial por el hecho de estar en el mercado.

En opinión de Rosario Echeverría, directora de Innovación y Desarrollo de Clarke, Modet & Cº, “las empresas españolas no tienen, dentro de su organización, un sistema de vigilancia y de inteligencia, lo que provoca que el conocimiento que llega a dicha organización no sea controlado y se disipe. Al no tener posibilidad de adelantarse a los acontecimientos y prever una estrategia, cuando salen al exterior -y a pesar de las ayudas que reciben- no son capaces de aguantar el envite competitivo”.

Su compañero Sergio Larreina, director corporativo de inteligencia tecnológica, señala que “las reticencias que plantean sobre todo las pymes para no implantar metodologías de este tipo se centran en que no ven un beneficio a corto plazo. Incapaces de pensar con perspectiva, no adivinan las enormes ventajas que puede aportar la vigilancia en términos de anticipación, preparación a tiempo y reducción de riesgos para evitar ser adelantado por un competidor. Y la realidad es que su puesta en práctica no es algo excesivamente costoso. Sí resulta más comprensible que las pymes no dispongan de recursos técnicos ni humanos y que no tengan tiempo para realizar al completo esta labor. Por ello, parte de este trabajo se puede externalizar a través de compañías especializadas. Además, aunque una pyme tenga controlado su mercado, lo que no hace o lo hace con dificultad es transformar la información que ha recogido en conocimiento útil, y eso sí se lo proporciona una consultora experta”.

Afortunadamente, las cosas están cambiando, y parece que, con el tiempo, las funciones de vigilancia tecnológica e IC formarán parte de la actividad habitual de las empresas.

Una norma ad hoc
La importancia de la vigilancia tecnológica se ha puesto de manifiesto en España con la aprobación de una norma por parte de AENOR que considera esta función como una herramienta fundamental en el marco de los sistemas de gestión de la I+D+i. Como recoge la norma experimental UNE 166006 EX (AENOR, 2006a) : Gestión de la I+D+i: Sistema de Vigilancia Tecnológica, la implantación de un sistema de este tipo requiere una adecuada planificación dentro de la empresa, y una provisión y gestión de recursos humanos, financieros, materiales y de infraestructura que actúe como soporte.

Uno de los primeros aspectos en los que incide la norma en cuanto a la organización interna de la empresa es el compromiso de la Dirección. Considera un requisito básico que la alta dirección haga patente su compromiso con el desarrollo e implantación del sistema de vigilancia tecnológica, y se preocupe por su mejora continua.

La norma también describe claramente las etapas necesarias para una adecuada realización de la vigilancia:

  • Proceso de identificación de necesidades, fuentes y medios de acceso de información.

  • Búsqueda, tratamiento y validación de la información.

  • Puesta en valor de la información.

  • Resultados de la vigilancia tecnológica.

Ya en 1995, la propia Comisión Europea, a través de la publicación del Libro Verde de la Innovación en Europa, se hacía eco de la vigilancia tecnológica dentro de un concepto más amplio como es del de la inteligencia económica, que engloba la inteligencia comercial, de competidores, etc..

La dimensión nacional de la IC
Lo que se podría denominar vigilancia-país, es decir, la dimensión colectiva de la vigilancia, está íntimamente ligada al desarrollo del tejido industrial y a la competitividad de toda una nación en el concierto mundial.

Desgraciadamente, como señalaban hace ya ocho años Fernando Palop y José M. Vicente en un estudio sobre IC publicado por la Fundación Cotec, “en España, esta dimensión se ha ignorado o minusvalorado durante mucho tiempo”.

Por su parte, nuestro colaborador Francisco J. Safont destaca que “en varios países, el tema de la inteligencia competitiva es una cuestión de Estado. No es un tema baladí: cuanto más tarde reaccione España, más amplia será la brecha y por tanto el perjuicio que se puede sufrir”.

Para Sergio Larreina, de Clarke, Modet & Cº, “en cuestión de vigilancia tecnológica e IC nos encontramos muy lejos de Francia, nuestro vecino más próximo, y de otros países. La Administración central no ha potenciado suficientemente estos servicios, y han sido por ello las CCAA las que han asumido este papel, convirtiendo nuestro modelo en un modelo quizá excesivamente descentralizado”.

De todas formas, cree que la Administración central sí ha conseguido algunos éxitos valiosos. “Uno de ellos es la publicación de la norma UNE de AENOR (de la que ya hemos hablado). Otro, la obtención, a través de la Federación Española de Centros Tecnológicos -FEDIT- de una licencia para la utilización de Thomson, el mayor proveedor de información del planeta.

España puede y debe aprender de estos modelos, pues está en juego la propia supervivencia de nuestro tejido industrial en un mundo globalizado en el que la competencia se realiza cada vez más en el plano tecnológico y de la innovación y no en el de los productos con escaso valor añadido.