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La
vida de esta firma está ligada a la historia de su producto
estrella: las Yemas de Santa Teresa. Creadas a base de huevo y azúcar
a mediados del siglo XIX por el pastelero Isabelo Sánchez,
pronto fueron las acompañantes idóneas para las tertulias
que se organizaban en La Dulce Avilesa frente a un vaso de vino.
Un producto sencillo que se convirtió en una de las señas
de identidad de la ciudad que lo vio nacer: Ávila; y de la
pastelería que heredó el manjar: La Flor de Castilla.
Sin embargo, la fama de las yemas no pudo evitar que la empresa
se tambaleara a mediados de los ochenta. Los resultados de la crisis
fueron claros: cambios en la propiedad de la empresa, modernización
y la constatación de una premisa: crecer o morir puesto que
“era imposible vivir de una pastelería artesana del
siglo XIX” explica su actual consejero delegado Julián
Gil.
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Julián
Gil |
Esa necesidad llevó
a la firma castellana a crear una nueva gama de alimentos para su
venta fuera de Ávila. El membrillo se convierte entonces
en la punta de lanza del nuevo proyecto empresarial que se viene
a sumar al negocio de la pastelería. Pero el membrillo era
una apuesta arriesgada: mantenía en los noventa un marchamo
peyorativo como producto de baja calidad y para niños. Además,
Yemas de Santa Teresa ofrecía su alimento a un precio tres
veces superior al de sus competidores.
Julián Gil destaca:
“Tuvimos serias dificultades para introducir el membrillo
en el mercado”. “Fue una lucha complicada porque el
producto era muy rico, pero la gente no aceptaba ni el concepto
ni el precio”, comenta, “pero hoy estamos en todas las
provincias españolas y en cerca de 12.000 tiendas”.
De hecho, en la actualidad, cerca del 40% de los ingresos de la
empresa procede de la venta de carne de membrillo.
Los ases en la mano de
la marca abulense fueron la calidad del producto y el hecho de que
era natural: sin conservantes, ni aditivos; justo en el momento
en el que se asentaba en el mercado un nuevo nicho -todavía
pequeño- que demandaba precisamente ese tipo de alimentos.
“No pretendemos imponer una moda, pero cada vez hay más
gente preocupada por una alimentación sana, rica y limpia
y que está dispuesta a pagar dinero para darse un placer”,
puntualiza el consejero de la empresa.
La apuesta por el paladar
continuó como la línea motriz en el desarrollo del
resto de la gama de productos. Así, hace cinco años
se decantaron por aprovechar más las yemas -la materia prima
de su producto estrella- y decidieron sacar al mercado el huevo
hilado. En este caso, el producto está muy condicionado por
la estacionalidad puesto que las ventas se producen principalmente
en Navidades. No obstante, en apenas dos años esta división
consiguió superar las cifras de ventas de las yemas.
Poco tiempo después,
surge la petición de elaborar una salsa mayonesa con sabor
mediterráneo. Julián Gil comenta con orgullo cómo
Martín Berasategui, uno de los pocos cocineros del mundo
que puede lucir tres estrellas Michelín, aceptó el
encargo de realizar la receta. El aceite de oliva es la base de
la nueva salsa que se presenta en brik y se conserva refrigerada
para mantener durante nueve meses sus cualidades. El producto se
hace en Córdoba, en Arteoliva, y es el primero de estas características
que aparece en el mercado. Por eso, la empresa registró la
patente en los mercados más importantes y también
se adaptó a la variedad de gustos ofreciendo su salsa en
dos variantes.
De forma paralela al
incremento de la oferta, las instalaciones de la empresa fueron
aumentando a través de sucesivas ampliaciones para pasar
de ser un obrador de una pastelería a convertirse en una
fábrica moderna que ocupa dos naves contiguas en el polígono
industrial de Ávila. Según la temporada, entre 30
y 50 operarios elaboran los productos de manera casi artesanal a
los que hay que añadir casi una veintena de personas dedicadas
a labores administrativas, de gestión y ventas.
No menos importante es
la labor de dar a conocer los productos. Para ello, la empresa castellana
ha realizado diversas formas de promoción que buscan no sólo
el contacto con los distribuidores sino la fidelización de
la clientela. En este marco hay que encuadrar el Primer Certamen
de Salsa Mayonesa que premiará en el Salón Gourmets
del este mes en Madrid a la mejor receta presentada tomando como
materia prima sus productos.
El consejero delegado
de Yemas de Santa Teresa subraya que la calidad del alimento está
ligada también a la inversión en Investigación
y Desarrollo. De hecho, los resultados de las investigaciones que
se están desarrollando en el centro tecnológico Ainia
de Valencia pueden ofrecer a la marca castellana una llave para
abrir las puertas de los mercados exteriores. Por un lado, se investiga
sobre cómo conservar mejor la fruta del membrillo; por el
otro, se busca conseguir que los productos sin añadidos puedan
mantener su calidad por más tiempo.
Asomándose al exterior
En
ocasiones, la decisión de afrontar una aventura como la expansión
exterior llega después de haberlo meditado mucho pero tras
un hecho puntual que sirve de detonante. Ése fue el caso
de Yemas de Santa Teresa. Descubrir hace tres años un producto
suyo en un stand de una feria de EEUU remarcó a Julián
Gil la importancia de dirigir y controlar el viaje de sus productos
en el extranjero. Hasta entonces las ventas habían sido puntuales
y “a través de los canales de distribución de
productos gourmet” explica la directora de Marketing
de la empresa Isabel López.
En el camino
hacia los mercados exteriores, la realidad indica que “no
tienes capacidad de decir que estos productos existen”, recalca
Gil, “y el proceso de darse a conocer es muy lento”.
Sin embargo,
“el mercado exterior es parte de la economía global”,
subraya Isabel López, “y tenemos que dar ese salto,
igual que lo hicimos cuando decidimos salir de Ávila”.
“Si a nosotros se nos han dirigido diversas tiendas de Europa”,
explica López, “solicitando nuestros productos es porque
hay un interés real. Otra cuestión es que hacer toda
esa red comercial lleve su tiempo. Pero cuando consigues introducir
el producto éste funciona”.
De esta manera,
la empresa decide entrar en el programa PIPE del ICEX para organizar
su actividad exportadora. Isabel López destaca la importancia
del autodiagnóstico que exige el programa para descubrir
los puntos fuertes y débiles de Yemas de Santa Teresa puesto
que “las empresas de nuestra dimensión no siempre hacemos
el esfuerzo de plantearnos qué es lo que hacemos, cómo
lo hacemos y si estamos capacitados para exportar”.
En la empresa tienen
claro que una de sus fortalezas reside en ofrecer alimentos limpios
por lo que buena parte de la estrategia exterior de la empresa se
asienta en esa idea. Por este motivo, Yemas de Santa Teresa está
realizando diversos procedimientos de acreditación que certifiquen
esa realidad.
Desde la fábrica
abulense señalan la distribución como uno de los principales
problemas con el que se enfrenta una pyme agroalimentaria. Por una
parte, “hay que encontrar un distribuidor que quiera llevar
productos especializados y con poco volumen”, comenta López
quien también matiza “quieren productos con rotación,
que tengan un soporte y que sean fáciles de vender como un
queso o un jamón”. Por el otro lado, “tienen
que realizar un esfuerzo importante para introducir estos productos
y resulta complicado trasladar toda tu filosofía comercial
a otros países”.
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