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>> Y se hizo la luz...
Esta empresa de origen catalán ha crecido a lo largo de
un siglo, demostrando una increíble capacidad de adaptación
a través del tiempo y por encima de fronteras geográficas.
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Xavier Torra
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Al llegar
a casa aprieto el botón de la pared, casi instintivamente,
sin girar la cabeza, no miro donde pongo la mano. Se enciende
la luz. Recuerdo las pequeñas clavijas de una casa construida
hace décadas. Tenía que tantear hasta encontrar
aquel saliente, una palanquita que tenía que empujar hacia
arriba para dar la luz.
Ahora me fijo
por primera vez en el interruptor cuadrado de ángulos redondeados.
Y pienso en la pared de la oficina, justo al lado de la puerta.
Me doy cuenta de las veces que yo he visto ese mismo objeto, que
lo he pulsado. ¿Cuántas veces al día repito
este ejercicio? Un nombre me viene a la cabeza: Simón.
Una de esas
piezas que uno considera parte del mobiliario de la cotidianeidad,
no parecen tener identidad. Sin embargo, reconozco la marca. Y
soy incapaz de recordar otro nombre que yo haya visto en los interruptores.
Simón
fabrica muchas otras piezas, pero sin duda esta compañía
ha conseguido imprimir sus señas a través de estos
pequeños elementos, cabeza visible de un conglomerado de
enormes dimensiones y de larguísima trayectoria.
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Del portalámparas a los magnetotérmicos
Olot, 1916. Arturo Simón Vibet trabaja como instalador.
Son los años de la Primera Guerra Mundial. Reino Unido,
Francia y Rusia, y más tarde Italia y Estados Unidos, se
enfrentan a los grandes imperios centroeuropeos, Alemania y Austria-Hungría.
Hay graves problemas de abastecimiento. Se paralizaban los suministros
de productos procedentes de los países en conflicto.
Iniciativa.
Si hay problemas en el suministro de piezas, habrá que
fabricarlas aquí. Entonces se utilizaban portalámparas
de bayoneta para la instalación de bombillas eléctricas.
Pero escasean, y Arturo Simón -don Arturo- se pone manos
a la obra para fabricar estos pequeños elementos con forma
de rosca.
Un viajante
pasó por la capital de la comarca de La Garrotxa. "Le
gustaron los portalámparas del señor Simón,
pensó que podría vender unos cuantos. Con el tiempo
volvió. Había vendido muy bien aquellas primeras
piezas y quería comprar una nueva partida", relata
Xavier Torra, director general de la compañía. Así
nacía una empresa.
Durante los
años de la gran guerra el negocio fue bien. A partir de
1919 las cosas se ponen difíciles. Las ventajas de la neutralidad
de España durante la contienda se diluían al tiempo
que la economía del continente recuperaba cierta normalidad.
Entonces los únicos tres trabajadores de la compañía
fabricaban los tornillos de forma artesanal. Dos de estos tres
trabajadores no eran otros que Arturo Simón y su esposa,
María Dolores Borrell.
Trabajo duro y una mente abierta. Esta actitud ayudó sin
duda, ya no sólo a la subsistencia de la empresa, sino
también al desarrollo de la misma.
Para hacerse
una idea. Estamos en la década de los años veinte
y el artesano gerundense emprende la mecanización de su
pequeño taller. Instala prensas y tornos que agilizan la
fabricación. Va más allá. Importa la porcelana,
material utilizado entonces en los portalámparas, de países
como Alemania, Checoslovaquia o Portugal. Viaja a donde haga falta
y no se detiene aquí.
Si los portalámparas
se venden bien y tenemos el material, fabriquemos también
otros componentes eléctricos, debió pensar entonces.
Enchufes, brazos para el alumbrado doméstico e interruptores.
Simón
tenía ya marcadas las pautas de su trayectoria con los
rasgos que definen a la empresa: espíritu emprendedor,
capacidad de adaptación y posibilidad de respuesta ante
las dificultades diversificando la producción.
En los años
treinta hubo que afrontar graves crisis económicas, una
incipiente nueva guerra mundial y un doloroso conflicto interno,
la Guerra Civil Española. Cerradas las vías de la
importación, don Arturo responde de nuevo con eficacia.
Abre una nueva fábrica para autoabastecerse del material
y no tener que importar la porcelana. Más aún, también
se queda en casa la fabricación de maquinaria gracias a
la incorporación a la empresa de los hijos del fundador,
Ricardo y Pedro Simón Borrell, ingeniero el primero y mecánico
experimentado el segundo.
Poco a poco
la compañía se va moviendo hacia Barcelona, sin
dejar de lado Olot, donde crecen las fábricas y las naves
de producción. "Simón continuaba creciendo
y en una ciudad como Olot llega un momento en el que se acaba
la mano de obra. No queda más remedio que trasladar parte
de la producción a Barcelona", afirma Xavier Torra.
En los cincuenta la dirección de la empresa se instaló
en un edificio de la calle Álava de la capital catalana,
sin desvincularse nunca de su ciudad natal.
En los mismos
años culmina el posicionamiento de la firma a la cabeza
del sector español del pequeño material eléctrico,
con la compra de su principal competidora. "En los cincuenta
todavía era la segunda compañía del país,
en los sesenta adquiere el liderazgo y para los setenta la posición
ya queda establecida", señala el actual director general.
En 1966 se
celebró el primer cincuentenario de Simón. Don Arturo,
su fundador, había fallecido cinco años antes. La
segunda generación continuó la trayectoria iniciada
por él y al mismo tiempo supo transmitir su espíritu
a sus continuadores. Diversificación. Compran IEP, empresa
de iluminación pública, "con la que Simón
se introduce en los aparatos de iluminación exterior, farolas
e iluminación de las calles", apunta Torra.
Poco después
firman un acuerdo con Siemens AG para la fabricación de
interruptores magnetotérmicos. Estamos en 1972, año
en que se trasladan las oficinas centrales y la dirección
a la actual sede de la capital condal. Con el tiempo, otras empresas
que se han ido adhiriendo al grupo o surgiendo de él son
Major Mecánica, Elva o Cima Box, hasta conformar todas
ellas lo que hoy se conoce bajo el nombre de Simon Holding.
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