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Cuando un visitante entra en las instalaciones de La Alpujarreña, no se espera que albergue una fábrica de alfombras. El icono de las fábricas se suele asociar a una nave diáfana, con operarios que trabajan con maquinaria en una parte del proceso productivo. Sin embargo, la empresa granadina tiene su sede en una casa de indianos de 1907, con un típico patio central andaluz, una planta superior con balaustrada y un torreón.
El edificio tiene su truco, porque en la parte trasera se extiende una finca de más de 4.000 m2 con trece naves de diferentes usos para la producción de alfombras y, en menor medida, tapices, que conservan la arquitectura tradicional. “La empresa data de 1922, cuando un pintor granadino, José Pérez Ortiz, reunió varios talleres artesanales que existían en el barrio granadino del Albaicín y la sierra de Las Alpujarras”, explica Félix Losada, director general de la empresa. En sus inicios, los propietarios alquilaron una típica casa árabe en Granada, pero cuatro años después se trasladaron a la vivienda indiana de principios del siglo XX en La Zubia, en las cercanías de la antigua capital de reino de Boabdil. El desencadenante fue la necesidad de ampliar la producción por la apertura de un mercado de exportación: Estados Unidos.
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Félix Losada (Director general de La Alpujarreña) |
La empresa decidió especializarse desde sus inicios en dos productos artesanales, que requerían una estructura intensiva en mano de obra muy especializada por fabricarse sobre telares tradicionales. El primero fue la alfombra de nudo alpujarreño, una técnica introducida por los árabes en el siglo XIII en la comarca. “Posiblemente, es el primer tipo de alfombras que se introdujo en la Península Ibérica”, según Losada. En los años treinta, la empresa amplió su producción a las alfombras de nudo turco, el tradicional europeo utilizado desde el siglo XVII.“En este tipo de nudo, el buque insignia en España es la Real Fábrica de Tapices”, aclara Losada.
Cruzan el océano
Cuentan los periódicos locales de la época que los empresarios de La Alpujarreña viajaron a una feria en Filadelfia (EEUU) en 1926 para presentar su producto. “Llenaron un baúl de alfombras y cogieron un barco para participar en una feria que todavía hoy existe. Tuvieron tal éxito, que se decidieron a ampliar la fábrica”, cuenta el directivo. Aquel tipo de cliente captado entonces todavía se mantiene hoy.
El siguiente mercado en el que se abrieron paso fue Francia, pero el carácter artesanal de la empresa generó con el tiempo unas fuertes restricciones tanto de costes como de capacidad de producción, que causaron una crisis a finales de los años ochenta. “Los costes de la mano de obra eran altísimos y los mercados se nos reducían, porque no había clientes que pagaran el precio que estábamos alcanzando”, afirma Losada. Entonces, se impuso la necesidad de una transformación, que llegó a través de una nueva técnica, el tufting manual, con la que el operario trabaja sobre el telar con una pistola para introducir el tejido y se acelera la producción.“Con esta técnica, hemos alcanzado las mismas calidades que con el nudo turco. Las alfombras para el Teatro Real, o los madrileños Hotel Ritz y Hotel Palace, que tradicionalmente se hacían con este nudo, ahora las hacemos con tufting”, detalla Losada.
El período de transición durante los años noventa, en el que la empresa se afianzó en el uso de la nueva técnica, impuso un giro en el negocio, que llevó a concentrar las ventas en España. “Hemos estado muy volcados en los últimos años en el mercado nacional. En los años ochenta y noventa tuvimos una crisis muy fuerte de demanda porque nos quedábamos obsoletos en el mercado con las dos calidades que teníamos”, asegura.
De este modo, cubrieron el negocio en el país. “Ahora tenemos una cartera de clientes muy fuerte en el mercado nacional; posiblemente somos la primera marca en España”, añade.
La producción global se incrementó con rapidez, pero las alfombras tradicionales se mantuvieron como una parte menor del negocio, hasta representar actualmente alrededor del 10% de la facturación, que se vende en los mercados exteriores. En concreto, el 90% de las alfombras de nudo alpujarreño se entrega en los Estados Unidos, donde este tipo de técnica es muy apreciada, según Losada. Por su parte, “el nudo turco ha quedado solamente para aquellos clientes que buscan una obra patrimonial más que un elemento decorativo”, puntualiza.
La Alpujarreña ha creado recientemente un departamento de exportación y tiene pendiente el desarrollo de un plan de negocio para los mercados internacionales. Losada insiste en que “queremos expandirnos al exterior” y su intención inmediata es fortalecer su posición en Francia, donde han firmado un contrato en exclusiva con un distribuidor local.
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