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Atardece
en el puerto de Figueras. En su bajada, la marea descubre poco a
poco una isla de arena, situada en la mitad de la ría. Todavía
la isla es un esbozo de sí misma. Y a Álvaro Platero,
director general de Astilleros Gondán, le brillan los ojos
al recordar a su abuelo.
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Álvaro Platero
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Álvaro
tenía una relación especial con su abuelo Francisco.
Pocos en la familia eran capaces de entenderse con el viejo lobo
de mar como lo hacía su nieto. Don Francisco era un hombre
luchador, sin estudios, que se había hecho a sí mismo
y que llevaba las riendas de la empresa familiar, Astilleros Gondán,
en el puerto asturiano de Figueras. Acostumbrado a tratar con duras
gentes de negocios y con los empleados del astillero, al patriarca
le resultaba complicado relacionarse con los que más le querían.
Sin embargo, con Álvaro era distinto. Entre ambos existía
una comprensión que sólo puede haber entre un nieto
y un abuelo en perfecta sintonía. Mientras don Francisco
acudía al puerto de Figueras para ocuparse de los asuntos
de la empresa, Álvaro crecía aprendiendo los saberes
de la naturaleza que le rodeaba: en sus horas de buceo descubrió
los secretos mejor guardados del mar, escuchó el canto de
las sirenas mientras remaba y los vientos le susurraron las rutas
de navegación. Así acabó sucumbiendo al hechizo
de la ría del Eo, donde se enclava el astillero. La magia
de su Asturias natal le había atrapado. Y la madre naturaleza
iba desplegando el legado para el futuro.
La naturaleza
ha seguido su cauce: cuando Álvaro eligió estudios,
optó por la ingeniería naval. "Durante el verano
hacía prácticas aquí, tenía unas ganas
tremendas de acabar los estudios. Y mi abuelo estaba esperando a
que comenzase a trabajar con él". Cuando finalizó
la carrera, se incorporó al astillero en 1987, mano a mano
con su predecesor. Y así continuaron hasta 1995, año
del fallecimiento de don Francisco.
El despacho
de Álvaro Platero está presidido por los retratos
de Francisco Díaz Fernández, su bisabuelo fundador
de la empresa, y de Francisco Díaz Martínez, su abuelo
y precursor al mando de Astilleros Gondán. "La empresa
se llama así porque mi bisabuelo era de Gondán, un
pueblecito cercano a Ribadeo, que está a unos 5 kilómetros
de aquí", cuenta Álvaro.
Francisco Díaz Fernández comenzó a construir
barcos y botes de madera para pesca a finales del siglo XIX. Uno
de sus 11 hijos, el abuelo de Álvaro, le ayudaba desde pequeño
en esta labor. Cuando cumplió 24 años, decidió
marcharse por su cuenta y continuar con el oficio que había
aprendido de su progenitor. Su destino: el puerto de Figueras, donde
hoy se emplaza el astillero.
Mientras Álvaro cuenta la historia de sus antepasados, nos
enseña fotos antiguas en blanco y negro. Son ilustraciones
de la familia junto a las embarcaciones de madera que se construían
por aquel entonces. Del exterior del despacho, llega el ruido de
golpes sobre una chapa de acero. Álvaro señala que
el paso de la madera al acero se produce en 1960 por exigencias
del mercado. "En aquella época ante el empuje de la
soldadura se dejó de hacer los remachados. El propio mercado
pedía que los barcos de tamaño mediano se construyeran
con acero". La soldadura permitía unir bloques de acero
sin fisuras y dejaba obsoleto el remachado, la unión de las
chapas mediante clavos, cuyas cabezas se aplastaban para dar firmeza
a la unión.
Siguen los
golpes sobre la chapa. Los empleados de la empresa están
trabajando a ritmo frenético. En la ría, comienza
a emerger la parte más alta del banco de arena. La tarde
avanza y el banco ejerce las funciones de un reloj, midiendo el
ritmo de la conversación. Junto a la orilla, en la grada,
el lugar donde se monta el casco, se dan los últimos retoques
a un barco oceanográfico para Kenia. Su botadura será
la próxima semana, y la grada será ocupada por otra
embarcación. Esta imagen contrasta con las más recientes
de otros astilleros: instalaciones cerradas, trabajadores en paro,
barricadas en las calles... Nada tiene que ver con la escena que
se desarrolla ante nuestros ojos. "Ahora estamos en un buen
momento para los astilleros privados, hay bastante demanda",
confirma Álvaro.
Astillero rentable
Para que un astillero
de tamaño mediano como es Astilleros Gondán sea rentable,
debe producir al menos dos o tres barcos al año. Y en el
momento en que se efectúa esta entrevista el astillero tiene
un remolcador en el muelle de Ribadeo, otro similar en bloques,
es decir, en fase de montaje, y un contrato firmado para hacer un
barco de apoyo a plataformas petrolíferas: todos ellos para
el armador noruego Ostensjo Rederi. Además, tiene un barco
oceanográfico en gradas para la empresa Euromarine de Kenia.
De todas formas,
ellos también han sufrido crisis. Las más importantes,
las de 1981 y 1991. "Las crisis del sector naval son cíclicas",
explica Álvaro Platero, tocando madera. "La primera
estuvo provocada por la del sector pesquero. En aquellos momentos,
hacíamos muchos barcos para Vigo, sobre todo, arrastreros
de grandes dimensiones. Los armadores dejaron de pedir barcos y
esto nos afectó a nosotros". En el bache de 1991, también
influyó la recesión económica mundial y la
crisis del petróleo. Y como no hay mal que por bien no venga,
la caída del mercado español dio un impulso a sus
exportaciones.
Astilleros Gondán
había empezado a exportar en 1978, porque no había
mercado suficiente. "Lo hacíamos a través de
una asociación comercial de astilleros privados, llamada
Construnaves", narra Álvaro. El destino de los barcos
era países tan variopintos como Gabón, Marruecos,
Argelia o Costa de Marfil. En estos lugares, existía demanda
de pesqueros, de transbordadores, "y de algún que otro
remolcador". Los contratos se conseguían mediante concursos
o contactos. "Angola pidió 50 barcos de pesca. Como
ningún astillero español podía fabricarlos
por sí mismo, hicimos el encargo entre 4 ó 5. Todo
ello organizado por la propia asociación". Y así
aprendieron a volar por el extranjero, o mejor dicho, a navegar
por aguas internacionales.
Esta experiencia
les llevó al convencimiento de que para vencer la crisis
era fundamental consolidarse fuera de las fronteras españolas.
Para ello se optó por reducir la mano de obra menos productiva:
en la actualidad, el astillero cuenta con una plantilla fija de
60 trabajadores. Y se modernizó el astillero: "Aunque
mi abuelo me había dejado un astillero económicamente
saneado, desde el punto de vista tecnológico estaba bastante
atrasado. Esta puesta a punto era esencial para abrirse paso en
nuevos mercados. "Lo ideal para nosotros sería facturar
en el exterior el 30 ó 40% de nuestra producción y
en los últimos 10 años facturamos como media el 90%",
dice Álvaro con satisfacción.
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