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TRAS LAS HUELLAS DE... RICARDO FUENTES E HIJOS
Una vida de cara al mar | 1 | 2 |


En plena década de los 60, ayudado por un carrito de madera, Ricardo Fuentes Herrero -patriarca de la familia Fuentes- recorría las principales plazas de ciudades y pueblos de la costa levantina vendiendo su propio pescado en salazón. Poco a poco, Fuentes logró hacerse con un puesto propio en el mercado de su localidad, Cartagena, llegando a montar un pequeño almacén en el Polígono de La Palma, muy próximo a la ciudad. El pescado en salazón, un producto profundamente enraizado en la región de Murcia y en la costa atlántica andaluza, se convertía así en la llave que abría las puertas de una industria floreciente, que culminaría, más de veinte años después, con la fundación de la firma Ricardo Fuentes e Hijos. Gracias, entre otros factores, a la incorporación de sus seis vástagos, a una gran intuición para el mundo de los negocios y a un saber estar en el lugar adecuado en el momento oportuno, las últimas dos décadas han propiciado un espectacular desarrollo a esta firma familiar. Hoy, el Grupo Ricardo Fuentes e Hijos se ha convertido en un pequeño gigante capaz de facturar más de 200 millones de euros anualmente, basándose en un complejo conglomerado de más de cuarenta empresas, cuya actividad va desde la tradicional pesca con almadraba en la bahía de Barbate hasta la acuicultura del atún rojo.

La familia Fuentes, muy discreta y poco amiga de salir en los medios, ha sabido rodearse de un eficaz equipo de trabajo que siente la empresa como si fuese propia y que es capaz de sacar adelante las ideas emitidas desde el despacho principal. David Martínez Cañabate, responsable de Dirección del grupo, ha dedicado más de diez años de su vida profesional a esta empresa, cuyos entresijos conoce a la perfección: “Es indudable que la empresa surge gracias al ahínco e intuición del padre, pero cada uno de los hijos, a su manera, ha sabido imprimir su sello personal en buena parte de los negocios del grupo”.

David Martínez Cañabate
(Director de Ricardo Fuentes e Hijos)

Durantes sus primeros años, la empresa original se hizo un nombre entre los grandes productores de la zona, centrándose en el salazón del lomo de atún (mojama) y de la hueva de atún, hasta que a principios de los años 80, importantes multinacionales japonesas pusieron sus ojos en el atún del Mediterráneo. Los asiáticos, movidos por el propósito de satisfacer su enorme demanda interna, pensaron que la producción de este pescado en el Levante español podría ser una solución viable. Martínez Cañabate explica que durante los meses de abril y agosto tiene lugar el paso del atún rojo del Atlántico al Mediterráneo, donde los grandes túnidos vienen a completar su ciclo reproductor. Los japoneses, conscientes de este recorrido natural y de la pesca ancestral que se practica en los países ribereños desde hace siglos, decidieron estudiar la viabilidad de importar mercancía”. Y así es como se establece este primer contacto. “Comenzó entonces una época dura, de muchas pruebas, intentando enviar atún fresco a Japón en las mejores condiciones. Primero, se probó con la ventresca -la barriga del animal- que por sus características es la parte más preciada y la que más aguanta y, en una segunda fase, se apostó por el envío de piezas enteras”. A principios de los 80, la cuota de exportación rondaba el 10%, puesto que aún era necesario desarrollar un sistema que permitiese su transporte en barco en mejores condiciones. “Nosotros estábamos acostumbrados a trabajar con el producto en salazón, que aguanta estupendamente, pero nuestros clientes nos exigían un pescado fresco en excelentes condiciones”.

Atar cabos
Estas incipientes ventas hacia Oriente fueron el origen de la modernización de la empresa. Ricardo Fuentes buscaba la forma de hacer llegar el producto en mejores condiciones, ya que, en aquel momento, los clientes nipones eran quienes clasificaban el producto español según sus estándares, y este raras veces superaba la categoría C (en un ranking cuyo puesto más alto es el A). Es en 1984 cuando la firma decide dar un nuevo paso y constituirse como Ricardo Fuentes e Hijos, germen del actual grupo empresarial. Amparándose en las buenas perspectivas que ofrecía el mercado asiático, los murcianos deciden invertir en su empresa construyendo túneles de congelación y cámaras de mantenimiento que asegurasen la calidad final del producto. “Cuando el pescado se congela a -20º, el producto se mantiene, pero, cuando se ultracongela, es decir, a -60º, la pieza no pierde calidad puesto que los cristales de hielo que se forman son tan minúsculos que no rompen la carne”, aclara Martínez.

 A mediados de los 80, Ricardo Fuentes e Hijos era la única empresa de Murcia que trabajaba con el mercado nipón, asentándose unas excelentes relaciones que serían cruciales en los años siguientes. Al regularizarse el envío de atún del Mediterráneo a Japón, sus principales importadores asiáticos comenzaron a trasladar a sus propios técnicos para asegurar que el producto estaba a su gusto. “El consumidor nipón compra el atún para comerlo crudo -para consumirlo en sashimi-  por lo tanto, de una gran calidad, que ahora conseguimos con relativa facilidad, pero que hace 20 años era muy difícil”.En ese momento, la compañía se sirvió de los seis barcos que integraban, y todavía integran, la flota española del atún rojo, ampliando sus contratos con barcos franceses, italianos o tunecinos ante el constante crecimiento de la demanda asiática. Martínez no duda a la hora de señalar cuáles eran y son las principales ventajas de Ricardo Fuentes e Hijos. Con un paquete de mojama recién envasado en la mano, el responsable de la compañía sostiene que “muchas son las firmas que, tras nuestros primeras incursiones en Japón se quisieron sumar al carro. No obstante, se encontraron con un gran obstáculo que nosotros pudimos salvar: todo el atún rojo que el japonés rechazaba para el consumo en fresco, nosotros lo destinábamos al salazón .Y créeme, no exagero cuando digo que el japonés es extremadamente exigente con el tema del pescado”.

Sin ir más lejos, el mercado asiático impone su propia terminología a la hora de identificar la calidad y características del atún rojo. Así, por ejemplo, si la pieza ha pasado demasiado calor tras su sacrificio y su carne se ha calentado, reblandeciéndose y adoptando un tono rosa, pasa a denominarse yake y no es apta para el consumo en crudo. También puede darse el caso de que el atún haya padecido una enfermedad que le haya generado tumores, algo que según Martínez, afecta casi al 5% de las capturas. En este caso, se señala con la palabra yamai y se impide su consumo. También existen otros factores como los golpes o kisu que hacen que el animal, aunque se pueda vender, pierda valor.

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